La claridad tiene mucho que decir

Miércoles 28/10/2026

Perfeccionar la doctrina, preparar mejor a los portadores de ministerio y reestructurar la dirección de la Iglesia: en la cuarta parte de la entrevista, el Apóstol Mayor explica por dónde va a empezar.


¿Cómo entiende usted el ejercicio de su ministerio?

No tengo que inventar nada nuevo para saber cómo desempeñarme en mi ministerio, ya está descrito en el Catecismo. El ministerio del Apóstol Mayor tiene dos facetas y ambas van de la mano. Una se centra en la doctrina: mantenerla pura, desarrollarla, hacer accesibles nuevos conocimientos y velar por que el testimonio de la fe sea uniforme en todas partes. La otra se centra en las personas: fortalecer a los portadores de ministerio, apacentar el rebaño, trabajar por la unidad. Ambas facetas van de la mano. Una doctrina que no fortalece a nadie es mera teoría. Y una asistencia espiritual sin una doctrina clara, al final, no tiene nada que ofrecer.

Usted ha anunciado que quiere definir con mayor claridad el perfil teológico de la Iglesia. ¿Qué entiende por eso?

Esto incluye dos cosas que están relacionadas. Una es la revisión del Catecismo. El Catecismo es un documento extraordinariamente importante. Es la base vinculante de nuestra doctrina y lo seguirá siendo. Solo cambiaremos lo que realmente deba cambiarse. ¿Por qué hacerlo? Porque el conocimiento crece. Porque hoy vemos algunas cosas con más claridad que cuando se redactó. Y porque el lenguaje cambia: una frase que hace quince años era inequívoca, hoy puede interpretarse de otra manera. Esos pasajes queremos precisarlos. Lo que no cambia es la doctrina en sí misma.

La otra cuestión es la formación y capacitación de nuestros portadores de ministerio. Porque la doctrina no se hace efectiva en un libro. Se hace efectiva allí donde alguien se para al frente y predica. Esperamos de los portadores de ministerio que practiquen correctamente el anuncio de la palabra. Y durante mucho tiempo hemos dado por sentado que, de alguna manera, pueden hacerlo. Me gustaría que los preparemos mejor para ello.

Además de los temas de contenido, también hay tareas organizativas. ¿En dónde ve posibilidades de desarrollo en ese sentido?

Daremos un carácter más internacional a nuestros grupos de trabajo, para que no sean siempre las mismas regiones del mundo las que tengan la palabra. Y podemos mejorar en la administración, las finanzas, la comunicación y el derecho eclesiástico. Esto no es lo esencial. Pero sin estas cosas, lo esencial no llega muy lejos.

En los últimos años, casi todas las áreas de Apóstol de Distrito cambiaron de dirigentes y ahora también la Iglesia internacional. ¿A qué desafío se enfrenta ahora?

Así es. Si comparo la situación actual con mi primera asamblea de Apóstoles de Distrito en 2021: de los participantes que en ese entonces se sentaron digitalmente a la mesa, debido a la pandemia, hoy 16 están en descanso ministerial; incluido el Apóstol Mayor. Y con eso ya se ha señalado el mayor desafío: la unidad de la Iglesia. Porque un Apóstol de Distrito dirige su área también a partir de lo que ha aprendido, lo que ha vivido y lo que lo ha marcado. Si casi todos son nuevos, entonces también hay nuevas influencias sentadas a la mesa. Eso es una riqueza, pero también es una tarea. Ahora debemos volver a encontrarnos —no solo en el papel, sino realmente—.

La diversidad es increíblemente importante para mí, pero nunca a costa de los demás. Precisamente por eso Jesús le pide a su Padre, en Juan 17: unidad, amor y unión entre los creyentes, para que el mundo pueda reconocer en ello el amor de Dios. Esto no es una cuestión administrativa. Es la esencia.

Usted dijo que no se trata de complacer a nadie, sino de la verdad y la claridad. ¿Podría dar ejemplos concretos de esto?

Quien quiere complacer a todos, al final no dice nada. Un ejemplo: si alguien pregunta si Dios quiso su sufrimiento, entonces no puedo decir: “De alguna manera esto tiene sentido”. Eso sería cómodo. A lo sumo, puedo decir: “No lo sé. Pero sé que Dios no te abandona. Y oro por ti”. No es tan sencillo. Pero es la verdad.

Un segundo ejemplo: cuando algo sale mal en una comunidad —cuando dos personas están en conflicto, cuando un portador de ministerio ha herido a alguien, cuando una decisión ha generado discordia—, siempre existe la opción más cómoda: cubrirlo con el manto del amor. Esconderlo debajo de la alfombra. Entonces todos se sienten aliviados porque se evita la conversación incómoda. Solo que debajo de la alfombra no desaparece nada. Sigue allí. Y, años más tarde, uno sigue tropezando con ello una y otra vez.

¿Qué desafío ve para el anuncio del Evangelio en los próximos años?

Consiste en ver si realmente seguimos anunciando la verdad y la claridad. Porque el Evangelio es incómodo en algunos puntos. Me dice que necesito el perdón. Me dice que no puedo redimirme a mí mismo. Me dice que mi vida se dirige hacia una meta que no me fijo yo mismo. Y luego me dice lo más importante: Cristo murió por mí. Resucitó. Ascendió al cielo. Vendrá otra vez. No es una verdad incómoda, es la buena nueva. Verdad significa: digo todo, incluso lo que me afecta a mí mismo. Claridad significa: lo digo de manera que se entienda. Y el amor no significa omitir lo desagradable. El amor significa que proclamo toda la buena nueva.

Fuente: nac.today – el magazín de noticias de la Iglesia Nueva Apostólica Internacional

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