Viernes 10/07/2026
El sufrimiento no se puede explicar. Tampoco desaparece orando bajo la consigna de: “Si tengo suficiente fe, todo irá bien”. Esta idea suele chocar con la realidad. Los diagnósticos siguen estando, la enfermedad no desaparece. Y con ellos, surgen las preguntas...
Es precisamente allí donde comienza la verdadera fe. No como una fortaleza, sino como un aferrarse en silencio. No como una certeza, sino como una corazonada. Quien se encuentra en el sufrimiento no necesita grandes palabras ni oraciones perfectas. A veces basta con una confianza apenas perceptible: un pensamiento, un suspiro, un “quizá sí estás a mi lado, Dios”, en nuestro interior.
Esta pequeña fe cuenta, más de lo que imaginamos. No es una carencia, sino un vínculo. No es una muestra de debilidad, sino una señal de vida. Quien tiene esta fe, no se aferra a una idea sino a Jesucristo, que también atravesó el sufrimiento.
Y en medio de la oscuridad puede suceder que algo se ilumine. No un gran milagro, no un final inmediato del dolor, sino un momento de consuelo, un soplo de esperanza, una paz silenciosa. Instantes en los que se siente: “No estoy solo”.
La promesa sigue siendo mayor que lo que vemos. Llegará un día en el cual el sufrimiento, el dolor y la muerte ya no tendrán cabida. Todo se dirige hacia allí, aunque en el camino se atraviese por la oscuridad.
Hasta entonces, basta con poco. Una chispa de confianza. Una esperanza vacilante. Eso es suficiente.
De un Servicio Divino del Apóstol Mayor.
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