Aquí compartimos entrevistas realizadas a portadores de ministerio que hoy ya están en estado de descanso pero que han activado con amor y dedicación durante años en la Obra de Dios. Enseñanzas, anécdotas y relatos, muchos de ellos vinculados a los inicios de la Iglesia Nueva Apostólica en esta área de Sudamérica, son algunos de los contenidos que encontrarán en esta sección.
Entrevistas
Casamiento “de oro” en Dock Sud - Entrevista a los hermanos Rodrigues
El domingo 15.05.2011 nuestros hermanos María Carolina Días y Armindo Altino Rodrigues recibieron en la iglesia Dock Sud su bendición matrimonial “de oro”. Los entrevistamos para que nos cuenten su historia y cómo se produjo algo así.
Quisiéramos que se presenten y nos cuenten cómo llegaron aquí. Ella: Yo nací aquí, soy quinta generación. Él: Yo soy de Cabo Verde, ex colonia portuguesa. Llegué aquí en 1959, navegando por el sur, y después en un barco que venía de Italia. Llegué aquí, a Dock Sud. Hubo una fiesta caboverdeana y me quedé. Pero necesitaba los papeles para quedarme. Tenía permiso sólo por 90 días. A los 60 días venían de Inmigraciones para avisarme que faltaban 30. Un día, un muchacho me dijo “¿Por qué no te casas, si estas de novio? Así te quedas”. Pensé que era una locura. Estaba sin documentos y sin trabajo. Al poco tiempo me mandaron una carta que tenía que viajar a Holanda, pero me quedé acá, y nos casamos. Pero el primer tiempo cada cual vivía en su casa. Yo hacía “changas”. Nos faltaban los $50 para pagar la libreta y el padre de ella me los prestó. Ella: ¡Y todavía está la deuda pendiente, mis hermanos se lo reclaman! (risas) Él: Ahí empecé a trabajar como ayudante de albañil. Después fui chofer (como lo había sido en Cabo Verde). Comía solamente al mediodía, osobuco con arroz, y agua. Después trabajé en un barco y ahí empecé a ganar un poquito más. Un paisano que trabajaba para una compañía alemana me ofreció un trabajo, de mi oficio; le pedí permiso al capataz de la compañía y me quedé. Comencé a aprender un poco de español. Al año entré como peón y a los dos años y medio ya era capataz. Tenía que viajar y entonces estaba fuera de casa 3 ó 4 meses trabajando. A los 3 años de estar acá ya compré mi casa. Muchos se asombraban, y yo decía: no lo tienen porque no quieren. Se hace trabajando, y con fe. Luchando. Muchos se compraban auto, pero no compraban casa. Y fuimos progresando, con el trabajo en la compañía alemana.
También fuimos a ver un departamento en Dock Sud (antes había sido una farmacia), para poner un salón para los caboverdeanos. Así seguí trabajando y arreglé un poco la sociedad. Buscamos un terreno, una señorita nos lo dejó muy barato, y cuando lo terminamos de pagar nos descontaron 10 cuotas por cumplidores. Dijimos “vamos a hacer una institución, yo voy a conseguir un arquitecto”; tenía un amigo que hizo el plano, todo. Primero compré un “Ford” nuevo para rifar y con ello empezamos a comprar los primeros ladrillos. Con la Sociedad Portuguesa acá en Argentina (Cabo Verde ya no era más colonia, el pueblo se independizó), siguiendo mi amistad con los portugueses, compramos un montón de ladrillos y yo puse de mi bolsillo ese auto, rifa histórica en Dock Sud. También compre un departamento en la costa y lo rifé todo para esa sociedad. Ella: En ese momento también estábamos construyendo en nuestra casa. Él: Siempre está el que no hace nada y el que hace mucho... Pero uno da las gracias. Luego conocí la Iglesia, acompañando a mi hijo Adalberto. Entonces me empezó a gustar el trato, el respeto, el cariño, ese amor entre hermanos. Me llamó la atención. Nos gustó todo. También estaba Juan Carlos (Sordelli), que era un amigo de la infancia.
Pastor Damiani (dirigente de Dock Sud): El Pastor Juan Carlos Sordelli es nieto del Evangelista Coscia, que activaba en toda esta zona. Los conocen a Armindo y María desde hace unos 50 años. El Evangelista Coscia tenía una panadería (que sigue estando) justo en la esquina de la iglesia y él siempre le daba pan a gente que no tenía para comer, también a muchos de Cabo Verde. Y cuando vinimos acá con Juan Carlos, hubo mucha emoción, mucha alegría. Él también tenía muchas ganas de volver a verlos, se emocionaron, fue una visita especial. La bendición matrimonial ese día la hicimos con Juan Carlos... Ella: ¡Y lloraban todos! (risas)
Nos gustaría que Ud María nos contara aquel momento hace tantos años, cuando él le dice: “¿Nos casamos?” Ella: ¡Ja, ja! Él no se animaba por la condición en que estaba. Yo pensaba: ¡Si se va, no lo agarro más! Sabía que él no se animaba a proponérmelo, porque no tenía trabajo; estaba con problemas de papeles y todo eso lo resolvíamos casándonos. Pero me decía: “¿qué casa puedo tener?”. Entonces nos pusimos de acuerdo: “Vos te quedás en la casa de tu tía y yo me quedo en la mía hasta que tengamos lo suficiente para estar juntos”. Así estuvimos un año. Cuando cumplimos dos años de casados [N.de R.: por civil], al día siguiente nacía mi hija. Un 4 de mayo. A veces teníamos para comer y a veces no. Como él dijo, había mucha pobreza y comíamos sólo una vez al día. Pero en ese entonces él ya empezó a trabajar y luchamos; él por su parte, yo por la mía. Mi padre estaba viudo en ese entonces. A Armindo mi mamá cuando estábamos de novios. Cuando nos casamos, hacía dos meses que había fallecido. Entonces, no festejamos la boda, sólo fuimos al Registro Civil y volvimos.
Tengo 3 hermanos. El que me sigue a mí falleció; mi hermano mayor tiene 79, yo estoy por cumplir 75 y mi hermana más chica tiene 68.
Uds., ¿cuántos hijos tienen? Ella: Tres. Uno es el que vive en San Clemente y es Pastor (Adalberto); una hija vive en San Fernando y la otra en Villa del Parque. Fue chef en un programa de televisión durante 8 años.
El plato típico de Cabo Verde es la “cachupa”. Sería como el locro de acá, pero diferente. Lleva lo básico: porotos, maíz pisado y carne de cerdo, pero en diferente manera. Hay quienes le ponen hasta pollo. La llaman “cachupa rica”, eso depende del bolsillo. Y hay otra variación con pescado.
¿Siguieron en contacto con alguna persona de Cabo Verde? Él: Sí. Ya viajé cuatro veces y ella, tres. El primer viaje de ella fue en 1985. Yo estaba trabajando como contratista. También fuimos los dos juntos. Y yo fui en 1995 solo, a hacer una diligencia; ella fue en 1998. Ella: Ese año fui porque había un contingente de 20 personas que éramos hijos, nietos y bisnietos. Fue muy lindo, cada uno tenía los padres y cuando salíamos nos juntábamos; son varias islas.
Las personas son muy variadas: hay pelirrojos, rubios, hay mezcla, negros con ojos celestes, hay rubios con pelo mota, etc. Mi mamá tenía una abuela que era rubia de pelo mota y la otra era negra de pelo lacio y ojos celestes. Mi abuela tenía ojos celestes pero con tendencia de filipinos... Cabo Verde es una mezcla total. Por ahí pasaban todos los esclavos e iban quedando; los que estaban más débiles se escondían en las islas. Y después con europeos se fue formando la raza caboverdeana. Pero siempre hubo más parte africana.
¿Hay alguna vivencia o experiencia que hayan pasado juntos que les gustaría contar? Él: En una oportunidad, en Mar del Plata, llegamos a una inmobiliaria y dijimos que queríamos comprar una casa. Entonces el vendedor dijo: “Bueno, le mostraré una casa como para usted”. Y nos llevó a ver una casita en muy mal estado. Ella: Él estaba con la ropa de trabajo y yo tenía toda la plata encima. Él: En ese entonces yo tenía un “Mustang” de vehículo; cuando me vio subir se asustó y yo le dije que era el chofer. Fui a otra inmobiliaria y le dije que había ido a otra casa y no me había gustado. Me ofreció una casa en construcción. Ella: Teníamos que pensar en los chicos, a parte de los míos, en mis sobrinos, los ahijados, en total eran 7. Él: Me dijeron que la casa salía $ 32.000 y les dije que al contado pagaba $28.000. Acordamos y luego fue y le comentó al otro (que era el cuñado): “¡No sabés, hice un negocio!” ¿Por qué será así la gente? Que se guían por la apariencia...
Los caboverdeanos marcan su diferencia. No todos los negros son iguales. Si viene un brasilero y le dice: “Hermano”, responde “no, vos sos brasilero, yo soy caboverdeano.” Cada uno tiene su costumbre. Yo hablo un dialecto. Nosotros hablamos portugués, español y a veces viene un negro de Mozambique, de alguna Colonia, y cada uno tiene su forma de hablar.
En español a veces me cuesta hablar, uno quisiera contar con detalles pero no lo puede decir así como lo diría en el dialecto. Cada uno habla con más libertad en su lengua materna. Yo tendría que hablar 10 veces más el castellano. Pero de tanto que me hablaban, terminé aprendiendo.
Ella: tengo familiares, amigos, que son como nosotros, nacida acá la señora y los padres, y el esposo de Cabo Verde. Y los hijos no entienden el idioma porque los padres no hablaban el caboverdeano sino el castellano, que era el idioma de las señoras, que nacieron aquí. Y ahora que los hijos son grandes, están aprendiendo el idioma del padre. Entre las canciones, libros, lectura, empezaron a aprender. Pero antes, venían familiares de Cabo Verde y a cada rato decían: “¿Qué dijo, mamá?” No entendían. En cambio los míos no tuvieron problemas en entender. Además, pudieron viajar allá (la más chica llegó a Portugal pero no a Cabo Verde).
Cuando nosotros íbamos a la escuela, a veces hablábamos creyendo que lo estábamos haciendo en castellano, y nos salía el dialecto. Y así nos pasaba a mí, a mis primos, a mis hermanos.
Una última pregunta, así los liberamos del castellano. ¿Hay alguna receta para llegar juntos a estos 50 años de oro?
Ella: Básicamente, amor. Después en el matrimonio de 50 años hubo de todo, tuvo buenos momentos y otros no tanto. Momentos graves, pero siempre lo que predominó fue el amor y la confianza, y el respeto. Él: Y saber escuchar. Y la forma de tratarse, de dirigirse. Aquí escucho muchas “malas palabras” como algo normal, pero en Cabo Verde no somos así.
Es lindo cuando uno esta sentado así, cómodo y conversando, como nosotros estamos acá, con mucho amor. Porque uno se abre, el tiempo pasa sin darse cuenta. El matrimonio tiene de lindo el saber escuchar y saber callar. Porque hay momentos en que podemos entorpecer, entonces hay que callar. Hay tantas cosas que necesitan comprensión y amor. Otra cosa no existe.
Nosotros compartimos el gusto por la cocina y la música. La cocina caboverdeana es muy rica y muy práctica. Todo es en base de pescado, porque somos de mar. Ella: Cabo Verde está frente a Islas Canarias, lo cruza la línea del Ecuador. Es el “ombligo” entre América y Europa. Ella: Él sabe que si se porta mal yo le agarro la pierna [N. de la R.: a nuestro hermano le faltan las dos piernas, y por el momento tiene una ortopédica] y la pongo arriba del mueble (risas). Hablando en serio, sé que la situación de él no es de risa. Pero si vos no lo tomás así, ¡no vas a estar llorando todos los días! Pero como sabe, es transitorio, aunque tenga que caminar a uno por hora, lo va a hacer. Hasta que se pueda mover acá, pueda bajar, ir a tomar un remis o lo que sea. El auto lo dejó de manejar hace cuatro años. Además, la pierna que tenía que apoyar era la derecha y hace 16 años se la colocaron. Él: Yo tomo las cosas con cariño, no pregunto por qué a mí sí, por qué a mí no. Antes jugaba al fútbol, subía y bajaba la escalera, ahora voy por el pasamanos. Pero hay que tener fe.
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A Dios nunca le dije “no” - Entrevista a la hermana Susana Barbieri
Cuéntenos acerca de usted. ¿A qué comunidad concurre? ¿Desde cuándo conoce la Obra de Dios?
Mi nombre de soltera es Susana Laspina. Nací en un hogar nuevoapostólico. Mi comunidad inicial fue Gerli 1 (Sur del Gran Buenos Aires, Argentina) y mi padre fue el primer Diácono que tuvo la comunidad de Villa Obrera. Mi apellido de casada quizás resulte conocido; soy nuera del Prelado Barbieri.
¿Cómo está compuesta su familia? ¿Todos son nuevoapostólicos?
Mi familia está compuesta por mi esposo, que colabora como Pastor dirigente en la comunidad Bolívar y con quien compartimos 36 años de matrimonio, y mis seis hijos: cuatro varones, de los cuales tres tienen el ministerio de Diácono, y dos mujeres, sólo una casada. Ellos son la cuarta generación de apostólicos.
Usted posee un don especial para la confección de las llamadas “tarjetas españolas”. ¿Cómo y cuando comenzó a realizarlas? ¿Ha participado de cursos específicos en este arte?
Hice cursos intensivos para aprender la técnica base pero luego agrego en todas mi toque personal. Cada tarjeta es entonces un “modelo único y exclusivo”. No hay dos tarjetas exactamente iguales.
¿Cuánto tiempo le demanda preparar una de estas tarjetas? ¿En qué se inspira en el momento de confeccionarlas?
Cada tarjeta puede llevar 4 ó 5 horas de preparación. Mi profesión es modista, por lo que cada vez que veo un detalle en un vestido lo adapto como idea para una tarjeta. Así le doy ese toque personal del que hablaba antes.
¿Qué significa para usted realizar esta manualidad? ¿Qué le alegra de ella particularmente?
Pienso en para quién va a ser, y deseo que se alegre de corazón aquel que la recibe.
En una oportunidad, una hermana me pidió una tarjeta para una fiel hija de Dios con una enfermedad difícil, para que cuando despertara sus ojos se alegraran hasta el alma, como si fuera para un Apóstol. Si esto se logró, allí está mi alegría.
¿Ha realizado este tipo de tarjetas como souvenir en ocasiones especiales en nuestra Iglesia? ¿Recuerda alguna anécdota en particular relacionada con esto?
Yo nunca vendí mis tarjetas. Siempre las dediqué a Dios. Disfruto sólo viendo el rostro de alegría del que la recibe. Recuerdo una ocasión especial: la visita de jóvenes de Santiago del Estero al predio Las Catonas, en Buenos Aires. ¡Tuve que hacer 40 tarjetas!
El Apóstol de Distrito actual varias veces me ha dicho: “Usted tiene manos de artesano…”
¿Desarrolla alguna otra actividad en la Iglesia?
Participé del coro de mi comunidad desde los 14 años de edad hasta mi casamiento, a los 25. Luego llegaron los hijos y se me hacía difícil colaborar. Una vez crecidos pude retornar a los coros y hace 16 años que participo en el Coro General. También colaboré como maestra de la Escuela Dominical, donde realizaba también tarjetas para los niños.
¿Cómo vivió el evento de participar del coro que cantó para el Apóstol Mayor en Las Catonas, el pasado mes de marzo?
Para mí fue algo muy especial. No pude saludarlo personalmente, pero en un momento sentí su mirada, que guardo en mi corazón todos los días y pienso: “¡El Apóstol Mayor me miró!”.
¿Alguna vez algún Apóstol Mayor tomó en sus manos una de sus creaciones a modo de regalo?
No lo sé. Según comentarios, en una oportunidad mis creaciones fueron expuestas sobre la mesa de la sacristía en la iglesia central en una de las visitas del Apóstol Mayor. Tal vez alguna tarjeta haya viajado a Alemania…
¿Qué sugerencia daría a nuestros jóvenes de hoy?
Les diría que nunca dejen de trabajar para la Obra de Dios. Que se den la alegría de alegrar a un hermano. Muchas veces lloré haciendo las tarjetas pero Dios me lo recompensó con alegrías. A Dios nunca le dije “No”.
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"Inspirar e infundir valores eternos" - Entrevista al Anciano de Distrito e.d. Alberto Mazza
Si bien por su actividad como portador de ministerio o director de coro en nuestra Iglesia muchos hermanos y hermanas saben de Ud., quizás otros tantos sólo le conozcan por su nombre. Quisiéramos presentarle, comenzando por su vida de fe, ¿cómo conoció la Obra de Dios?
Ya mis padres, mis abuelos, mis tíos, aproximadamente en 1933, conocieron la Iglesia. Todavía no estaba inaugurada la iglesia Gerli 1. De modo que ellos colaboraron con el terreno, con parte de la construcción, haciendo trabajos. Fue el comienzo para mi familia. Ellos comenzaron el camino en la Iglesia todos juntos. Se reunían en el fondo de la panadería “La Paz” de Gerli, que quedaba a dos cuadras de donde luego se construiría la iglesia. Cantaban en el coro, es decir, se involucraron en la comunidad.
¿En qué zona de Buenos Aires nació Ud? ¿Cómo fue su infancia?
Nací en Gerli, Avellaneda (sur del Gran Buenos Aires). Cuando nací mi padre ya era un siervo. Fue Pastor dirigente de la iglesia Villa Castellino por más de 25 años. Recuerdo que le han festejado algo así como las “bodas de plata” por tantos años como portador de ministerio.
Los Servicios Divinos eran los domingos por la tarde y muchas veces lo acompañaba. Los domingos por la tarde también teníamos la escuela dominical.
Mi infancia fue agradable, iba a la escuela, me gustaba el fútbol. Participaba de la escuela dominical, cantaba en el coro de los niños; así que vengo cantando en la Iglesia desde que nací. Por entonces había escuela dominical hasta los 14 años; luego se llegó a dividir.
Me gustaba mucho jugar fútbol. Integraba los campeonatos que se hacían; jugué dos torneos infantiles que había en esa época. En el barrio era (aunque no me gusta decirlo) como el que “ordenaba” todo; los chicos me respetaban. Ya con 12 ó 13 años, todos sabían que yo iba a la Iglesia, pero jamás me colocaron algo en contra de eso. A veces se acercaban a preguntar cuándo terminaba el Oficio porque teníamos que ir a jugar a la pelota. Así que siempre, a pesar de tener mi vida normal, estuve dentro de la Iglesia.
Tengo dos hermanos, el mayor Antonio (que falleció hace unos años) y Salvador, que entró en descanso siendo Diácono de la iglesia Villa Podestá.
¿Cuándo y cómo empezó a relacionarse con la música?
Empecé a relacionarme con la música aún antes de confirmarme. Comencé a estudiar con el entonces Diácono Caputo, maestro del coro. Él era bandoneonista de una orquesta de tango. Cuando recibió el ministerio fue apartándose un poco de eso. Antes había muchas orquestas de tango en los barrios. Él quería que yo aprendiese a tocar el bandoneón. Pero cuando tuve cierto conocimiento, empecé a estudiar armonio prácticamente por mi cuenta.
Luego ya siendo un joven, colocan como maestra del coro de comunidad en Gerli 1, a la hermana Elsa Salvatorelli de Aloy. Ella me toma a su cargo para la enseñanza; tenía una capacidad musical exquisita, y no sólo eso, fue una de las personas con más capacidad que yo he conocido. Me enseñaba música; no me hacía dirigir, sino tocar el armonio. Me escuchaba y, con un amor entrañable, me iba corrigiendo. Me hacía tocar la marcha nupcial cuando había casamientos (por entonces había muchos), y también los himnos más complicados. Me preparó para ser un maestro de coro; inclusive, cómo tenía que estar frente al coro, cómo tenía que hablar, de qué manera conducirme. Me adoctrinó para el futuro, como si hubiera sido un mandato de Dios para hacer cierto trabajo. Porque ella ni sabía qué tarea llegaría a hacer yo luego. Entonces, podría decir que la enseñanza que ella colocó en mí, quedó grabada en mi corazón. Y prácticamente fue la que me dio una formación, que me valió poder tener una línea y es la que tuve siempre.
Por eso, es importante quién es el maestro que uno tiene. Y no se trata solamente de enseñar música, sino enseñar una conducción divina; eso es lo que vale en la Iglesia. Eso es lo que colocó en mi alma.
¿Cómo está compuesta su familia directa?
Hace 41 años contraje matrimonio con Stella Maris Caruso, perteneciente a la iglesia Gerli 1; ella colaboraba en el coro, en la limpieza. Es hija de padres apostólicos. De nuestro matrimonio nacieron dos hijos, Mariela y Mariano, que también son hijos de Dios.
Quiero resaltar algo acerca de la ayuda de mi esposa. Mi trabajo dentro de la Iglesia fue siempre “estar presente”, como siervo, en el coro, etc. Siempre estuve cerca de los siervos, de sus familias. Entonces, para mi tarea como portador de ministerio, la ayuda de mi esposa ha sido fundamental hasta el día de hoy.
¿Recuerda algún hecho o vivencia, tal vez de su época de juventud, que haya marcado especialmente su vida de fe?
Siempre estuve dentro de la Iglesia, cuando me ha ido bien y cuando no fue tanto así. Yo trabaja en una fábrica y quería abrirme paso en la vida, vivir un poco mejor de lo que habían vivido mis padres. Ellos hicieron todo lo que pudieron. Pero viviamos, como era costumbre entonces, en una casa de chapa, con el baño en el fondo. Y sin echar por menos esa vida, porque era normal en ese tiempo, quería vivir un poco mejor y no encontraba la manera. Entonces, como por entonces estaba colaborando en los coros, tenía acceso a los siervos de distrito. Un día se acercó el Prelado Marino y me preguntó cómo estaba. Le conté que quería encarrilar mi vida, pero no encontraba cómo. Y me dijo: “¿Por qué no te dedicás a lo que sabés?” (Yo trabajaba como tornero y conocía el oficio.) Le respondí: “¿Pero cómo hago? No tengo un peso para comprar yo las máquinas”. Y el Prelado me dijo: “No tengas miedo. El amado Dios puede cambiar todo.”
A la fábrica solía venir un hombre que tenía una fundición de aluminio y siempre hablaba conmigo. Un día me dice: “¿No te gustaría tener tu taller?” Le respondí que sí, pero que no tenía dinero.
–“Dejame a mí”, me dijo. ¿Y qué hizo este hombre? Me llevó a ver a un amigo que trabajaba con él y después de varias conversaciones y de firmar algunos papeles, me dio las máquinas (todas las que necesitaba), a pagar con trabajo. De modo que yo no puse un peso. Por eso, hay cosas que parecen increíbles.
Y después quedaba por resolver dónde colocar esas máquinas. No tenía dónde. Ya mis padres se habían hecho la casa y allí había una escalera que daba a la terraza. Le conté a mi mamá y pensábamos cómo hacer, hasta que ella me dice: “El único lugar que tenemos es debajo de la escalera”. Así quedamos. Para que me den la conexión trifásica debía hacer el trámite en la Municipalidad. Lo hago, y viene a casa el inspector. (Por eso, cuando rogamos antes de un Oficio en ayuda para los difuntos, pienso en esa gente. Porque ellos han ayudado. Y si Jesús dijo: “Por cuanto lo hicisteis a uno de mis más pequeños...”) Entonces, el inspector pregunta: “El galpón, ¿dónde está?” Cuando le mostré el lugar, quedó mirándome: “¿Cómo hago para aprobar esto?” En fin, miró todo, hasta que firmó y dijo: “Bueno, andá y pedí la luz”. Ahí empecé a trabajar. Así pagué con trabajo todo lo que debía por las máquinas, conseguí otros trabajos para tener un peso más y así me fui desarrollando, y me fue bien.
Me casé, mi esposa me ayudó muchísimo, fui consiguiendo fábricas grandes para las cuales trabajar, cambié las máquinas y gracias a Dios pude tener mi taller de tornería y de matricería.
Y lo más hermoso de todo, es que la palabra del Prelado Marino se llevó a cumplimiento, aunque él no pudo verlo porque partió antes a casa.
Ud. ha colaborado como portador de ministerio durante casi 50 años. ¿Cómo fueron los inicios? ¿En qué comunidad?
Como antes mencioné, colaboré toda mi vida en la Obra. A los 6 ó 7 años ya cantaba en el coro de los niños; sin ningún temor. Me operaron de la garganta a los 8 años, por entonces no se utilizaba anestesia... Creo que hasta le rompí el uniforme al médico. Se nota que gritaba, porque los médicos decían: “los padres están llorando afuera”. Estuve 30 años sin cantar por la actividad del ministerio, y ahora empecé otra vez. A los 13 años ya cantaba en el coro de los mayores, en Gerli 1. A los 18 años recibí el ministerio de Subdiácono y así seguí, siempre en la iglesia Gerli 1. También colaboraba en la limpieza de la iglesia.
Ud contó alguna vez que por entonces era costumbre que en la familia todos cantaran, o tocaran algún instrumento.
Sí. Mis abuelos eran sicilianos, mi padre también; mi madre nació en Argentina. La familia se reunía los domingos para visitar al abuelo. Y cantábamos zambas u otras canciones, pero mayormente himnos de la Iglesia. Porque mi mamá estaba en el coro; en realidad todos. Antes era diferente. Hoy día decimos “vení a casa” y se come o toma algo. Pero antes era distinto, no había dinero; sólo era juntarse y compartir. Y lo que se compartía era el cantar.
En todos esos años de actividad ministerial, ¿qué tarea relacionada con la atención de las almas le ha agradado especialmente?
Dentro de la Iglesia realicé todas las tareas. Fui durante muchos años maestro del coro de Gerli 1; como tenía un ministerio, no sólo atendía la parte musical del coro. Nunca tuve un siervo a cargo del coro, sino que me tocó a mí realizar esto. Ya cuando quedé a cargo del coro de Gerli y quizás sería por la preparación de la maestra que había tenido, que me había marcado una línea de conducta al dejarme en el coro, siempre pude atender también la parte espiritual. De modo que hablaba con los hermanos, iba de testimonio, asistía cuando tenían alguna necesidad espiritual.
Además, salía martes y jueves y testimonio, iba a la limpieza, es decir, participaba en todas las tareas.
Gran parte de su actividad han sido los viajes de atención a comunidades en el interior de Buenos Aires. ¿Qué ha significado esto para Ud?
El ministerio de Primer Pastor lo recibí estando a cargo del coro de la iglesia Villa Atlántida (Lanús, Gran Buenos Aires). Fue un día de alegría pero por otra parte, de los más tristes para mí, porque tuve que dejar una gran parte de mi corazón en ese lugar.
Cuando fui colocado como dirigente de distrito, aún estaba a cargo del coro general. Teníamos reuniones todos los jueves con el Apóstol de Distrito Bianchi y los viernes me tocaba realizar la reunión de Pastores. El coro lo atendía cuando teníamos que cantar. Pero sí, también viajé mucho al interior, me tocaba atender las comunidades de la Ruta 2 y Ruta 3. Viajábamos siempre los días sábado. Porque visitábamos a todas las almas de la comunidad; conocía a cada uno, cada necesidad. Esto me trajo experiencias muy especiales. Yo trataba también de que tuvieran un progreso. Además de lo espiritual, procuraba hablarles de la vida, que en lo posible vivieran un poco mejor. Eso aparejaba que muchos hermanos se acercaran, por ejemplo como un hermano que una vez me dijo: “¡Tiene que venir a mi casa porque tengo una sorpresa para Ud!” Las casas eran muy humildes. Este hermano tenía una puerta de calle muy precaria, entonces le había aconsejado cómo podía mejorarla. Y cuando fui a la casa, me mostró con mucha alegría que había podido comprar una puerta.
Había otro hermano que era muy alto y para entrar donde vivía, tenía que agacharse porque de otra forma no podía pasar. Entonces le dije: “Tendrías que cambiar, buscar otro lugar, hacer cosas, mejorar”. Me escuchó y me contestó: “¿Usted sabe cuánto gano yo?” Cuando me lo dijo, pensé: “Dios mío, ayudame, porque no le alcanza ni para comer”. Entonces le respondí: “¿Yo te pregunté cuánto estás ganando por mes?”. Por entonces la Municipalidad construyó casas (creo que fue la única vez) y una se la dieron a él, a pagar con mucha facilidad.
Estos son hechos de fe. La etapa de los viajes fue muy hermosa. Sobraban hermanos para viajar; esto lo puedo decir. A veces había que elegir quién viajaría, porque un hermano decía: “¡Este sábado me toca a mí!” Y Dios es testigo de lo que estoy diciendo. Hoy ellos son gente grande. Teníamos por entonces una gran cantidad de comunidades para atender. Luego se dividieron los distritos.
Ud. ha compuesto numerosos himnos del repertorio de nuestra Iglesia. ¿Podría nombrar de alguno en particular qué lo inspiró a componerlo?
Los himnos que compuse no son basados en palabras o frases de uno u otro. Cada himno tiene un significado. Es un estado del corazón que va tomando forma. Uno de los primeros que recuerdo es “Señor, nos diste un día la santa promesa”.
En 1979, el Apóstol de Distrito Bianchi me anunció que al año siguiente yo debía dirigir el coro, para la visita del Apóstol Mayor Urwyler. Entonces comencé a tener un mayor contacto con el Apóstol de Distrito; a veces (como yo podía manejar el tiempo con mi trabajo), me reunía alguna mañana con él, y me empezaba a contar cómo sería la visita o el Servicio Divino, porque él colocaba en el corazón la visita del Apóstol Mayor. Y luego yo así lo hacía con el coro, porque ésa era la tarea. Esa visita fue un acontecimiento. Por todo lo que me había anticipado en palabras el Apóstol de Distrito Bianchi, volví a casa pensando y como “escuchando” ese Oficio donde estaría el Apóstol Mayor. Ahí compuse el himno que dice: “La hora preciosa que estamos viviendo, es sólo una muestra de lo celestial, por unos instantes estamos sintiendo lo maravilloso que es vivir allá”. La letra surgió después de aquella conversación, pero fue una inspiración divina y un estado del corazón.
¿Colaboraron juntos con el Pastor José Crea?
Sí. El Apóstol Bianchi sabía que yo estaba en Gerli 1, y me llamó para que integre el coro general de la iglesia central, que se inauguró en 1967. Nosotros empezamos a reunirnos aproximadamente en 1962. Por el registro de mi voz, el Pastor Crea me pidió que le enseñe a las sopranos. Estuve muchos años colaborando junto a él; esto me valió hacer ejercicios vocales. Sé que me apreciaba, a veces me llevaba con su vehículo, también fuimos juntos a cazar. Había cierta afinidad. Es muy buena persona, con muchos conocimientos. Pude vivir también en esa etapa momentos muy lindos.
Así estuvimos en la inauguración de la iglesia central de Buenos Aires y siempre lo ayudé. Todos los himnos que compusieron con Dasso, me pedían que los enseñe a las sopranos. Y luego también cantaba en el coro. Recuerdo que fuimos a la inauguración de Mar del Plata; momentos muy lindos.
Más allá de los conocimientos musicales naturalmente necesarios, ¿qué virtudes considera Ud. indispensables en un director de coro en nuestra Iglesia?
Esta es la pregunta más difícil de contestar, porque se trata de dar una opinión de un sector de una tarea de la Iglesia. Nació con la Iglesia el formar coros, pero es algo que está vigente hasta el día de hoy.
No voy a decir que tengo autoridad para hablar, pero nací cantando en el coro, fui director de coro muchos años, luego fui dirigente de distrito. Es decir, que primero me tocó “llevarme bien” con los siervos cuando era maestro y luego me tocó la otra parte, “llevarme bien” con los maestros de coro. Esto especialmente cuando era Evangelista de Distrito, porque cuando fui Anciano de Distrito lo hacía pero me costaba más, pues eran muchas las comunidades que debía atender. Igualmente, cuando terminaba el Servicio Divino siempre conversaba con el maestro o la maestra.
Y luego de muchos años, vuelvo ahora a la tarea de estar en el coro con los hermanos.
Un Director de coro en nuestra Iglesia, como primero debe tener una línea de conducta. ¿Por qué? Porque el maestro o maestra, es como el “segundo dirigente” de la comunidad. Primero, el Pastor dirigente. Pero el maestro/a tiene a su cargo en la tarea, una parte importante de la comunidad. No es sólo enseñar los himnos. Hay intervalos en la enseñanza, además en el coro se producen distintas situaciones como enfermedades, dificultades, contratiempos.
El rol principal del maestro, es que el coro cante bien, para eso está allí. Pero su tarea va ligada a otras cosas. Como primero, debe ser humilde de corazón, que tenga vocación de servicio, que sea un referente de la Iglesia, que los hermanos lo amen, que él los trate con amor, que coloque lo espiritual en primer término. Porque muchas veces un himno no sale bien... Las voces en el coro no son iguales. Hay quienes tienen mucho oído pero no en todos es así. Recuerdo que una vez había en el coro de comunidad, un hermano que no podía entonar. Entonces lo ubiqué junto a dos o tres hermanos que le cantaran para que los escuche, y con el tiempo llegó a cantar muy bien. No se puede decir: “Este no sirve, lo sacamos”. Hay que tratar de que todos queden.
Me pasó también este último tiempo, antes de que tuviera que reducirse el coro [de adultos mayores]. Había hermanas que nunca habían estado en un coro, algunas de más de 80 años y que no entonaban bien. ¿Qué iba a hacer? ¿Sacarlas? ¡No! Entonces las escuchaba, las ubicaba y le pedía a algunos otros hermanos que las ayuden. Entonces, no sólo se trata de enseñar. También que todos canten con alegría.
Y por sobre todas las cosas, el maestro/a debe estar en comunión con el dirigente de la comunidad. El Pastor dirigente y el maestro deben estar unidos. A veces, es posible tener un Pastor dirigente que nunca haya estado en un coro. Ese tal vez podría ser un problema, pero el maestro debe colocar allí su sabiduría y conocimiento para que esa falta no llegue a ser un tropiezo. Debe haber un acercamiento, porque se trabaja en comunión para el bien de la comunidad.
Cuando dirigía el coro en Gerli 1, el dirigente me dijo: “Te necesito para otra tarea”. Llegó el Santo Sellamiento y recibí el ministerio de Pastor (sin aviso previo, como lo es ahora). Entonces me quitaron la tarea del coro para hacer otra tarea. Y así lo hice. Por entonces pensaba: “Bueno, no vuelvo más al coro”. Pasó un tiempo y el Anciano Frade me dijo: “Te necesitamos en Villa Atlántida, como maestro de coro”. Y así también lo hice, con la hermana Beba Martínez como armonista (un tesoro de maestra, que aún concurre allí; una hermana maravillosa). El Pastor dirigente era Eddie Villa, ¡un gran siervo! Era hermoso escucharlo en su prédica. Pero cuando llegué, me dijo: “Yo no entiendo nada de coros, no tengo oído musical, pero tenés toda la libertad para trabajar”. Entonces, cuando íbamos a estrenar un himno, iba en secreto y le avisaba, así él podía prestar atención a ese momento; luego nos felicitaba, ¡y el coro quedaba contento!
Por eso digo, es cuestión de que el maestro le busque la vuelta a las cosas.
Y también hay otro costado. Lo fundamental, es que el maestro no sea conflictivo. Si el maestro es el origen del conflicto, no hay solución, por más libertad que se le dé. Va a ocasionar problemas en la comunidad, se va a enfrentar al Diácono, al Pastor. No hay manera. El Apóstol Marton decía “genio y figura hasta la sepultura”. El que es conflictivo, no cambia. Siendo dirigente, he realizado reuniones entre Pastores y maestros de coro tratando de conciliar, porque después esto se reciente en la comunidad.
Pero también hay muchísimos maestros y maestras muy valiosos, son los que trabajan en silencio y no para hacerse notar. Entre los mayores como yo y sin establecer diferencias, podría mencionar a la hermana Evangelina Mojas, que nació en el seno de nuestra Iglesia, Adelina Macri, tocando el armonio toda la vida donde se lo han pedido (ella también es discípulo de la maestra Elsa); también Regina Leyes, toda una vida colaborando en los coros. Son ejemplos a imitar. Con Regina hemos trabajado mucho juntos. Cuando algo sale bien, lo dice; pero si hay algo que debería cambiarse, también podemos conversarlo. Eso es lo que vale, cuando uno se siente seguro del que tiene al lado; trabajar todos para el bien de la comunidad.
A veces ahora, estando en descanso, la maestra del coro de Gerli 1 me llama para colaborar en algo. Entonces voy, lo hago, pero la bendición del coro es ella. Uno debe saber ocupar el lugar que le corresponde. La bendición del coro es el maestro o maestra. Es lo que deben entender los hermanos, los ayudantes, todos. Pero tiene que ser un “maestro”.
Hay una frase que dice: “El maestro enseña”. Pero agrego, el deber de un maestro apostólico debe infundir e inspirar valores eternos, que son los que expresan nuestras letras (porque nuestros himnos hablan de la venida del Señor, de quedar fieles, etc.). Es lo que debe colocar en los hermanos.
Esta es mi opinión respecto a esta pregunta que me han hecho, pero es dicho con un sentir espiritual, y es lo que he visto a través de los años.
En ocasión de dirigir el coro general en la visita del Apóstol Mayor Urwyler en 1980, Ud. pudo saludarle personalmente. ¿Cómo se produjo este encuentro y qué significó para Ud.?
Fue todo un acontecimiento, que un Apóstol Mayor llame al maestro del coro para saludarlo. Él me llamó a la sacristía a través de un siervo. Me dijo: “Quedé muy emocionado por el coro; tuve esta misma sensación en Malawi. Además de los himnos, fue por el sentir del corazón y la unión de los hermanos hacia Ud.” Recuerdo que me dio un abrazo que nunca olvidaré.
Para mí significó en los trabajos de la Iglesia, colocar siempre, siempre, lo espiritual sobre lo musical y ver que lo que la maestra Elsa me había enseñado en el coro de Gerli 1, lo podía ver cumplido ese día. Porque cuando después de saludar al Apóstol Mayor regresé al coro (y los que estaban allí lo podrán recordar; había unos 150 hermanos y hermanas) dije: “Para mí es un día de alegría que el Apóstol Mayor me haya saludado, pero esto es la culminación del trabajo de la que fue mi maestra en sus comienzos”.
Y por otro lado también, estuvo la formación del Apóstol de Distrito Bianchi de cómo debía ser un coro. Todo ese trabajo no quedó en vano, ya que el Apóstol Mayor es lo que vio. Porque coros, hay muchísimos buenos. Para ser un coro espectacular, deben ser profesionales. Pero dentro de la Iglesia, siempre debe estar lo espiritual primero.
Actualmente se encuentra Ud a cargo del Coro de Adultos Mayores, que se presentó ya en la iglesia central de Buenos Aires y, últimamente, en ocasión de la Asamblea de Apóstoles de Distrito en Buenos Aires. ¿Podría contarnos alguna vivencia en particular relacionada con esta?
La tarea fue relativamente breve, pues no había tiempo para realizar muchos ensayos, ya que se superponen los tiempos con otras tareas, como los ensayos de coro de comunidad. El Apóstol de Distrito Passuni me convocó y me pidió que tratara de que no genere ningún conflicto, con lo cual estuvimos tratando de buscar los horarios de los ensayos para que no haya superposición. Y a pesar de que no hubo mucho tiempo disponible, se logró mucha unificación.
La gran mayoría de los componentes del coro prácticamente nacimos dentro de la Iglesia. Tenemos una “cultura” de lo que es colaborar en la Iglesia. Al ver ese ir y venir de los hermanos, de no mirar tiempos ni distancias para la tarea, estaba tocando el pequeño armonio que tengo en casa (y que ahora volví a tocar), y me surgió el himno que habla del cabello emblanquecido, que a pesar de ello no cambió en nosotros lo que sentimos por la Iglesia; hablo por mí pero también por todos estos hermanos, que de alguna forma representan un sentir de juventud. Todavía hoy me llaman para saber cuándo nos reunimos otra vez. Por eso cuando cantan, representan un sentir del corazón.
Hay un Pastor que integra el coro con su esposa. Él tiene una enfermedad seria, que requiere tratamientos delicados y a veces se le dificulta estar, aunque él desea hacerlo. Entonces le expliqué al coro que él no podía estar por su salud, pero que seguramente todos queríamos que cantara con nosotros. Pudo estar en el coro a fin de año, y ahora cuando nos visitó el Apóstol Mayor y también en la invitación reciente que tuvimos del Apóstol de Distrito. La esposa me había llamado para decirme que era muy difícil que pudiera estar, pero le pedimos que le transmitiera que todavía no había terminado el ruego. Y ese día también pudo estar presente. Fue un hecho muy importante. Todo el coro rogó y él pudo estar.
También tuvimos mucha ayuda, por ejemplo del Obispo e.d. Amoruso o del Anciano de Distrito e.d. Mieres que parecía una criatura, ordenando todo, cantando; también el Anciano de Distrito e.d. Pianesi, el Evangelista de Distrito e.d. Bertolotto, el Primer Pastor e.d. Salvemini, los Pastores e.d., los hermanos y las hermanas, todos tenían un entusiasmo increíble.
Compartimos un tiempo muy lindo. El problema son las distancias para reunirnos, por los lugares donde vive cada uno, pero el sentimiento y el entusiasmo lo supera todo.
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Remando de a dos - Entrevista Matrimonio Marchiselli
Con motivo de las bodas de oro matrimoniales de María y Ernesto Marchiselli, celebradas el 25.05.2011 en la iglesia Caseros (Buenos Aires, Argentina), el domingo anterior los entrevistamos para conocerlos un poco más y nos cuenten acerca de estos años compartidos.
Lo primero que queremos saber es: ¿cómo se conocieron?
María: en la comunidad de Caseros. Yo colaboraba en el coro. Venía de Villa Real. Él colaboraba como Subdiácono. Estuvimos ahí un tiempo. Yo estaba trabajando en Devoto, y él me venía a buscar; ahí empezamos a salir.
¿En qué año se conocieron?
María: ¡Las fechas pregúnteselas a él!
Ernesto: En 1957. Ese año yo había terminado la conscripción. Con unos compañeros estábamos en contaduría. Vivía a 15 cuadras. Y le decía siempre a uno de los compañeros míos, que era bastante “atorrante”, digamos muy entrador, que había una chica que me gustaba tanto y que si de verdad esto se me daba, sabía que iba directo hacia el matrimonio. Ella concurría a la comunidad de Caseros, Sarmiento 358, y yo iba allí… La invité un día; al final del coro, ¡y aproveché! Porque me decía, si no la invito ahora, no la invito más.
¿Estaban juntos en el coro?
María: Vos ibas a la iglesia, no estabas en el coro.
Ernesto: Yo estaba en la comuna, también en el coro, gorda. El corito tenía un hermano que tocaba el violín y estábamos juntos con otro siervo, el Pastor Bagleta, un siervo de muchísimos años también. Él trataba de juntar todas las voces, que era medio difícil, y nosotros que éramos un desastre cantando, pero bueno… Y yo la veía a ella, y trataba de buscar el momento, porque si no, los días del Oficio no se puede, porque estaba la madre [risas].
¿Había que pedir autorización?
Ernesto: ¿Viste como son los italianos? ¡Había que pedir autorización!
¿Usted qué edad tenía hermanita?
María: 16 años.
Era muy joven.
María: Y, había que cuidarla a la nena... Recuerdo que mi mamá no me dejaba, ni a mí, ni a mis cuatro hermanas. Mi hermana era una “cuida”. En la época de la escuela secundaria, no me dejaban ni ir a gimnasia, me ponía límites, me decía: –Si es de noche, ¡no vas! Íbamos al club Arquitectura en Constituyentes, pero no si era de noche. Así que hasta en eso nos cuidaban. Y ahora haría falta que a muchos los cuiden, pero bueno, es una pena.
Ernesto: llegó el momento en que nos pusimos de acuerdo, yo la iba a buscar, ella trabajaba en Stella Maris, en Lope de Vega, y la iba a buscar a la tarde, cuando salía. El padre no sabía nada, las hermanas y la madre, sí. La hice como de “Cayetano”. Hasta que llego el día que le dije, bueno, me voy a presentar. ¡Antes se pedía la mano! Entonces le dije a ella. ¿Cuándo voy? ¡Un sábado! Estaba gris, ese sábado llovía. Era una cortina de agua. Y yo decía: “tengo que ir; esto es una prueba”. Y bueno, aparecí. Cuando abren la puerta, era el papá. –“Eh querido, ¿viene de testimonio? ¿Pasó algo?” Porque él no sabía nada. Yo las miraba a ellas y se reían. Entonces le dije: “De testimonio no, querido, vengo por algo distinto. Vengo por su hija.” Y el padre me respondió: (en acento italiano) “Ma´, ¿yo soy el último que me entero de esto?” [risas].
Te cuento una anécdota. Resulta que la mamá de ella falleció y la hermana de ella, Rosa, hacía la comida, porque a la noche, yo por ejemplo, el sábado iba para allá y me quedaba a comer, y entonces ella hacía la comida, porque no estaba la mamá. (“Mi mamá falleció a los 42 años”, dice María.)
Ella estaba con una enfermedad, tenía diabetes, en fin. Y a Rosa, que hacía la comida, le gusta el ají picante y le había puesto picante al fideo, así que tuve que sacar el pañuelo, y con una mano comía, y con la otra me secaba el sudor... Y ella me decía: ¿Está fuerte? Y yo le decía, no, no. No paraba de secarme... Imagínate, yo no había comido picante nunca. Y después me case.
¿En ese momento usted era Diácono?
Ernesto: Cuando nos casamos ya era Pastor. Tenía 23 años. Estaba en Muñiz, con el Pastor Domínguez, en un lugarcito nuevo, que era en formación…
¿Y cómo era ser la esposa del Pastor tan joven? ¿Es una responsabilidad, no?
María: No lo sentí ni pesado ni liviano. Yo lo esperaba, él iba y venía, como eran los testimonios de antes. Él iba con el Pastor Di Marco también, y a veces era la una de la mañana y estabas esperando. Pero yo nunca le puse trabas ni nada, lo esperaba con la comida. Comíamos a la noche, y él se levantaba muy temprano, en Austral donde trabajaba, tenía diferentes horarios, y a veces desde Aeroparque se iba de testimonio directamente, así que yo no lo veía hasta la noche.
Los tiempos ahora son diferentes, porque muchas cosas se resuelven con celulares, por email, y ser un siervo tan activo, hace 30 años…
María: Recuerdo que llamaba a los Pastores con los que él salía de testimonio, por si pasaba algo; yo no me enteraba de nada, era más difícil antes.
Ernesto: ¡Agarramos el remo los dos! En el bote hay que remar los dos, ni yo uno, ni ella el otro, agarramos el remo los dos, porque recuerdo que esa vez, me pasaron de Del Viso a Pilar
Cada vez más lejos…
Ernesto: ¡Sí! Y trabajaba en tres horarios, mañana, tarde y noche, y era el responsable en Pilar. Me iba de casa al trabajo, trabajaba de 6 a 10, y otras veces de 10 hasta las 6 de la mañana, así que yo salía de casa a las 8 hs los sábados, trabajaba, y después viajaba en el tren dos horas hasta Pilar, me dormía en el tren, me llevaba el sobretodo en invierno, y dormía hasta allá, después el Oficio, llegaba a casa a las 3 de la tarde, y comíamos algo.
María: yo en mi trabajo tenía muchas invitaciones y él nunca venía, no podía… no podía buscarse ese lugarcito que yo sé que ahora se buscan los siervos, “¿por qué no salís un ratito antes?”, y no, porque no se podía. Recuerdo que cuando él era siervo, las fiestas de Navidad en mi casa, algunos no eran apostólicos, y no entendían, pero nos decían por el altar que a las 12 de la noche tratemos de irnos a dormir, porque al otro día estaba el Oficio. ¿Vos te acordás? Era distinto. No podías flexibilizar como ahora con otros compromisos. Era otra época.
Todos esos años deben haber traído aparejada una bendición, ¿no es cierto?
María: ¡Sí!
Ernesto: cuando nos casamos nos compramos una cocina, lo único que compramos, porque los muebles eran de mi tía, no teníamos un peso cortado por la mitad. Colaboraba con mi papá, no había podido ahorrar para el casamiento, para salir, para todas esas cosas; por “Austral” tenía todos los pasajes gratis, entonces nos fuimos a Mendoza, San Juan, en fin, a Córdoba, a muchos lados pero sin un peso en el bolsillo. Nos casamos y con el tiempo nos compramos una casa, después un terreno, después otra casa, después un coche, después otros coche. No digo que eso sea la bendición, pero eso acompaña un poquito, porque yo digo que vivo para muchas cosas, lo espiritual y lo material, todo acompañado.
El esfuerzo y la bendición dan muchos frutos.
Ernesto: Siempre les digo a mis hermanos: “Dios hizo un pacto conmigo”, entonces me miran. Les digo que la diferencia está en que no me llamó a mí para hacer el pacto, Él hizo un pacto, y eso se ve después en el tiempo. “Has trabajado, bien, ahora yo te voy a dar; después de 50 años de trabajo en la Obra” (nací en la Obra). Y, hay que estar... cuando llegaba o no llegaba los domingos. ¿Iba a salir el sábado? ¿A dónde? Y Dios nos acompañó. Y me dice: ahora te regalo esto, y seguí hasta los 67, y entré en estado de descanso, y nos dio a los dos una salud para seguir disfrutando. Gracias a Dios hemos conocido Norteamérica, la costa este, la costa oeste, hemos ido a Chile, a Brasil, a Venezuela, Isla Margarita, a España, Punta Cana, una pila de lugares…
¿Todo eso después que usted entro en descanso?
María: No, la que más vivió toda esa época fue nuestra hija Valeria, porque cuando ella nació nuestro hijo Rubén ya tenía 14 años. Antes salíamos sólo por el interior del país, pero al exterior la que venía con nosotros era Valeria, porque en ese momento podíamos movernos más.
Ernesto: Volviendo a lo del pacto, Dios conmigo fue muy inteligente, porque no me lo dijo antes. Porque si Él me lo decía antes yo podría haber aprovechado, podría haber especulado, hubiera sido tan lindo haberlo aprovechado “si Dios está conmigo, ¿quién puede estar contra mí?” Pero Dios me dijo: “tenés que tirar hasta el final, a ver si realmente vas a llegar, a ver qué pasa con vos”. ¿Porque lo hicimos todo, verdad? [le pregunta a ella]. Bueno, también peleamos, por supuesto, pero después de la pelea viene la reconciliación, pero esa parte no se las cuento [risas].
Por lo que podemos ver hasta ahora, podríamos decir que su matrimonio se destacó por un marcado trabajo en la Obra. ¿Hay alguna experiencia de fe que quieran compartir con nosotros?
Ernesto: Cuando nuestro hijo tenía 13 años lo atropelló un auto; él venía con otro compañero en bicicleta, y el auto lo tiró. Tuvo una fractura expuesta, pero se salvó gracias a Dios, estuvo internado en el hospital de Haedo
María: Él estaba solo porque trabajábamos los dos. Me llamaron a mí al trabajo y me llevaron al hospital. Fui con el hijo del dueño, eran como las diez y pico de la noche, estábamos esperando afuera. Me había puesto tan mal, tan nerviosa, que salió una enfermera y dijo: “Que entre el señor, y que la señora se quede afuera porque está muy nerviosa”. Resulta que mi marido estaba haciendo un curso en una escuela (él siempre con sus libros). Llegó tarde y cuando quiso entrar diciendo “voy a ver a mi hijo”, le respondieron: “La señora está con el esposo arriba, Ud no tiene por qué subir” [risas]. Y él dijo: “¿Cómo? ¡Si el esposo soy yo!” [Risas]
Ernesto: ¡Quería subir y agarrarlo del “cogote”! Yo estaba terminando el curso de técnico aeronáutico en Morón, me enteré cuando me llamaron.
María: Claro, no había teléfonos celulares…
Para llegar a 50 años de matrimonio quizás no existan las recetas, pero, ¿tienen alguna palabra para los jóvenes matrimonios?
María: La comprensión y el aguante. Hay cosas que no te gustan, hay cosas que te parece que no van, y no todos los hombres (yo digo mi parte como mujer) tienen la misma manera de ser. Unos acompañan pero no saben colaborar, otros son más colaboradores en el matrimonio, por ejemplo él siempre me acompañó mucho con el sentimiento, pero en la casa no le des un plato porque no sabe hacer nada [risas]. Pero yo lo hacía y lo sigo haciendo con gusto. Ahora lo hago para cinco hombres así que imagínense. Pero no me quejo, me gusta. Habrá otros matrimonios que esto no lo soportan. Yo me aguanté lo que me tocó. Mi suegra se enfermó; la hija no podía venir mucho, así que yo estuve en el hospital con ella y después me la llevé a mi casa. Tuvo una enfermedad bastante brava, pero bueno, no soy de renegar, tampoco dar lástima. No sé si será orgullo, pero no me gusta, porque para qué vas a estar contando.
Ernesto: Yo creo que es el amor; más que el amor físico, el amor realmente. ¿Cómo se llama ese himno?
María: “Amor espléndido”. Le dije al Pastor que querías ése para nuestro aniversario.
Ernesto: Sí, me acordaba de ese himno. Tiene que rebalsar lo que es el ser humano. Aunque nadie escapa de eso, porque todos tenemos limitaciones, problemas; tenemos un poquito de todo, pero cuando uno escudriña un poco interiormente y encuentra lo que tiene bueno, lo que Dios nos dio... Escuchamos tantas veces, sobre tantos proyectos de vida, tantos ejes fundamentales para poder vivir mejor, para poder disfrutar la gracia. Yo escuché un señor que decía “mejor que decir es hacer, y mejor que prometer es realizar”. Está bien, yo escucho lo que dijo el altar, pero ¿qué voy a hacer con ello? Tengo que hacer algo, porque el altar me dice que yo puedo ser feliz. ¿Qué voy a preguntarle a uno u a otro? Si Dios me dijo algo del altar y es para bien, realmente lo que viene de Aquel que alimenta mi alma, entonces tengo que llevar a cabo la receta, y pido por eso. Como le decía aquel siervo cuando Cristo le preguntó: “¿Vos crees? -Sí, yo creo Señor, pero ayuda a mi incredulidad”. Porque siempre uno tiene un grado de incredulidad también. Entonces digo: “Bueno, Papá, ayúdame a ver cómo puedo hacerlo. Yo quiero ser feliz, quiero que ella sea feliz también, que cuide bien a nuestro hogar, a nuestros hijos, yo quiero que ellos sean felices”.
Entonces tengo que poner algo mío. No puedo pedir solamente a la otra parte, tengo que hacer mi parte, para que sean entonces las dos una parte. Todo eso nace no de la exigencia, ni de la obligación. Porque en ese sentido soy, digamos, medio ríspido: en cuanto me siento obligado a hacer algo soy medio difícil. Pero todo lo hicimos por amor, porque Dios nos enseñó cuál era el camino, cómo era el camino, de qué forma transitarlo. ¡Nos dio todo! Después había que hacerlo, nada más.
Hubo días lindos, y también de los otros... Rubén tuvo otro problema también, cuando “se puso la camioneta de sombrero”. Y salió vivo, gracias a Dios. La verdad, ahí también fue otra prueba de fe. Pero también ahí bendijo Dios. La semana pasada nuestro nieto Sebastián (y de paso les digo para que nos recuerden), un auto se lo llevó por delante, él iba con la moto, y se fracturó.
María: Si les digo... El que te conté este último tiempo está haciendo fiesta con todo lo que nos pasó. Eso fue un miércoles, se fue de acá de la iglesia y a la 1:30 hs nos llaman. Se había accidentado. Yo, toda mi vida cuando veo un accidente me tapo la cara. Bueno, tuvimos que verlo tirado en la calle, con la ambulancia, con la policía. Terrible. Fue un miércoles; y a las 3 y media de la mañana del sábado nos despertamos con dos personas apuntándonos en la cabeza, en la cama. Ya no sé qué más nos puede pasar en todo este último tiempo.
Ernesto: Y… son circunstancias que nos tocan.
Pero tienen una salud “de oro” para poder sobreponerse
María: Sí. Fue terrible. Nos decían “ustedes ni hablen” Nos encerraron en la pieza y estuvimos un rato largo. Después de un rato se habían ido, cerraron para poder llevarse todo lo que pudieron.
Ernesto: Lo que se llevaron puede volver, pero nosotros seguimos.
María: Sebastián nos decía “yo estoy vivo, y a ustedes les llevaron plata, que vuelve”, no se hagan problema que no pasó nada”. Pero no quería que vayamos a dormir a casa.
Ernesto: Él desde el hospital la llamó a la tía a ver si estábamos ahí.
María: Sí, dormimos un par de días en lo de mi hermana.
Ernesto: Es un impacto difícil de superar. Yo digo, soy un Pastor, no puedo tener un arma en la casa. Tenemos un arma más poderosa, y yo con esa arma decía: “Papá, llévatelos, sácalos de acá”. Antes un par de veces entraron a casa y llevaron lo que había, pero no estábamos nosotros.
María: Uno piensa cómo van a reaccionar. Lo único que nos quedaba era confiar en Dios
Ernesto: Estábamos en las manos de Dios, y no les permitió que nos hagan absolutamente nada. Son experiencias que hay que pasar. Cuando algo nos sale bien, o nos va bien, decimos: “¡Gracias a Dios!” Pero ahí es más fácil que decirlo en otras situaciones, cuando las cosas no salen tan bien. De todas maneras también lo sentimos, y no por costumbre, sino porque uno tiene una convicción interior, es algo tan profundo, la fe de cada uno, que tratamos de mejorar cada día. Pero bueno, gracias a Dios estamos acá, conversando con ustedes. Y agradecidos [con lágrimas en los ojos].
Agradecemos de todo corazón a los dos, porque es hermoso poder verlos; ambos nos enseñan muchas cosas ya sólo con la mirada. ¡Es un orgullo tener hermanos como ustedes!
Ernesto: Siempre traté de hacer lo que Dios nos pedía, porque al final del camino uno se da cuenta que es lo que conviene. Yo escuchaba siempre del Pastor Tausse: “¡Es negocio!” Y es verdad, ¡es un buen negocio!
Antes de terminar, en tantos años de ministerio como Pastor, ¿hay algo más que nos quiera destacar?
Ernesto: Colaboré en diez lados distintos. En Derqui, en José C. Paz, en Villa Ballester, en Caseros, en San Martín, en Lourdes, en Caseros de nuevo, en fin. Creo que las experiencias es recoger de todos los lugares mucho cariño, mucho amor. Tengo amigos por todos lados, que sé que también están orando por mí y yo por ellos. Es la experiencia más maravillosa, después lo que hice en cada lugar, ¡eso sólo Dios lo sabe! [risas]. El apostolado es un estilo de vida; el amor, el cariño, si hemos vivido en eso, ¿qué más?
María: “¿Qué más puedo pedir?”
Ernesto: “Qué mas puedo pedir, si soy hijo de Dios…” [recordando este conocido himno, nos despedimos de los hermanos, luego de haber vivido un maravilloso encuentro.]
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“No me apartes de tu gracia”
Norma Edith Ríos concurre actualmente a la iglesia Salto, provincia de Buenos Aires pero ella nació en La Plata (el 5 de mayo de 1941). Está casada con Horacio Odbulio Manzelli, tiene cinco hijos (dos varores –Pastores en la ciudad de La Plata y de Rosario– y tres mujeres). Y por si fuera poco, doce nietos. ¿Por qué forma parte de esta entrevista? Pues sucede que Norma tiene mucho para contarnos de su historia como nuevoapostólica.
-¿Cómo llegó a Salto?
-Bueno, veníamos de Villa Atlántida. El Anciano Nave vino a casa y habló con mi papá de trasladarse a Salto para hacerse cargo de una comunidad que hacía un año o poco más que estaba formada. Lo conversaron con mi mamá, le dijo que sí y nos vinimos. Me acuerdo que fue en el mes de septiembre, hacía frío y estaba hermoso, pero mi papá era sastre y cuando vinimos acá nadie se vestía de traje, porque 60 años atrás era un pueblo de gente de campo. Entonces yo me acuerdo que mi papá trabajaba de lo que podía y de lo que había. Había conseguido un trabajo en el balneario (porque acá hay un balneario muy lindo); hablaron con el Intendente y le consiguieron para cuidar allí: por ejemplo, alquilaban mallas (antiguamente se usaban mucho esas cosas), alquilaban sillas, etc. Pero ese año vino una fuerte inundación. Acá cuando el río sube, ¡sube! No se ve nada. Entonces cuando bajó, fueron y no había nada: todo se lo había llevado el río. Pero a pesar de eso ellos siguieron bien.
Mi mamá era muy luchadora, para las cosas de la Iglesia muy firme. Mi papá era un siervo pero ella lo empujaba, porque eran tiempos muy difíciles. Acá las calles eran de tierra –¡ahora acá un cielo!–. Hay una avenida que se llama España que era de zanjones terribles. Yo me acuerdo que iban a testimonio, porque los hermanos de la capilla vivían lejos, y había unos zanjones tremendos y era una época en que cortaban la luz, porque escaseaba. Entonces se manejaban con linternas y cada dos por tres caía alguno al zanjón. Ahí se levantaban y seguían, porque no había otra.
Había un Diácono, Manzanares, de una fieldad y entrega absoluta, que venía siempre y lo acompañaba a mi papá, que también era Diácono y al poquito tiempo recibió el ministerio de Pastor porque si no, no había quién diera Santa Cena. Había otros hermanos que venían (que todavía están en la capilla) y no se sabían poner los cuellos. Mi papá en Buenos Aires usaba mucho el cuello duro, que era parte de la camisa y luego se abrochaba a la corbata. Pero acá no se usaba eso. Les hizo poner trajes a los siervos y los cuellos duros venían con la corbata, porque no sabían hacerse el nudo.
Eran tiempos difíciles, pero hermosos. Donde es la capilla ahora, vivíamos nosotros. Era una casa y había un sitio grande. Entonces mi papá “punteaba” y hacía una quinta, porque era un modo de subsistir. Esa época fue difícil. En ese entonces venía el Evangelista Fattoni que era de La Boca, y se quedaba una semana para ayudar, mi mamá había quedado embarazada y sufría, adelgazaba, trabajo no había. Muchas complicaciones, muchas cosas difíciles. Venían a ayudar, y eso que no era fácil llegar a Salto. Venían en tren, tardaban 6 horas, tremendo. Pero también ese tiempo se superó. Venía uno de los tíos del amado Apóstol de Distrito Batista que era Pastor de Villa Atlántida, tenían dificultades, venían y se quedaban dos o tres días. Había un Diácono, Greco de apellido, que también venía y cocinaba. Todos colaboraban para que mis viejos se afirmaran y no les fuera tan difícil. Y fuimos superando las cosas. Cuando yo llegué no tenía ni diez años. Había un armonio y me dijeron: “por favor, tenés que aprender música, tenés que aprender a tocar el armonio”. Ahí empecé. Todavía “chapuseo”, pero bueno...
-¿Cómo pasó su niñez en este pueblo?
-No fue fea, porque la escuela estaba cerca. Ante el cambio, yo todavía era chica y los chicos antes éramos más adaptables. Yo ahora lo veo en mis nietos: “no, mamá, ¡no!”, en cambio antes decíamos todo que sí. Vinimos acá, y acá estábamos. Me fue bien en la escuela. Fueron pasando los años, me integré bastante y mucho en cosas de la Iglesia, porque es lo que nos movía. Después conocí a mi esposo. Fue lindo. Mis padres después de muchos años se volvieron a vivir a La Plata. Al tiempo mi papá se enfermó y viajé a La Plata unos días y yo le dije: “ay, papá ¿no se quieren venir a vivir a Salto? Sería tan lindo poder estar otra vez juntos”. Y dijo: “Es lo que más deseo, quedarme en Salto, morir en Salto”, porque él adoraba el lugar, aunque no fuera de acá. Después ya éramos una familia grande: estaba mi esposo, ya teníamos los chicos; mis hijos llegaron a tener un ministerio y para él era un orgullo, fue muy hermoso. Cuando él veía a sus nietos activar en el altar saltaba de la alegría.
-¿El secundario pudo hacerlo?
-No, porque mi mamá quedó embarazada y empezó a trabajar, porque hacía falta; con lo de mi papá sólo no alcanzaba. Entonces yo me tenía que ocupar de mi hermano, que tiene Síndrome de Down. Cuando nació no se habían dado cuenta, porque los médicos no eran como ahora tan avanzados, se dieron cuenta luego de tres meses. Caminó recién a los tres años y algo. Con todo, si lo conocieran ahora, es un rey. El Apóstol Bianchi una vez que vino -como nosotros vivíamos en la comuna entonces se quedaban con nosotros- le dijo: “Desde ahora sos un Subdiácono”, y esa palabra a él le quedó. Ahora es portero Subdiácono y no lo sacan de al lado de la cortina. Es un cielo para las cosas de la Iglesia, para dar palabras. Lo que no tiene del sentido material lo tiene en el sentido espiritual. Hay hermanas que lo toman de la mano y le piden que les dé una palabra.
-¿Qué trabajos tuvo acá en Salto?
-Entré a trabajar en una tienda, muy jovencita, creo que tenía 15 años. Como soy tan “charlatana” me iba bien, en un comercio se trabaja bien. Era muy lindo, los patrones muy amorosos, hasta ahora nos tratamos con la señora que quedó. Yo me he sentido feliz porque vivíamos en la capilla, después nosotros nos mudamos, se hizo la iglesia, hubo tiempos difíciles, muy difíciles. Con 5 hijos era muy difícil. Mi marido trabajaba de lo que había, de lo que podía y de lo que venía. A veces yo me acuerdo que hay un lugar donde hicieron una pileta y él como no había mucho trabajo estuvo construyéndola. Porque antes los trabajos eran muy duros, no eran como ahora que hay facilidad. Después se fueron a estudiar, había dos en La Plata y dos en Rosario, hacíamos algo que se acostumbraba mucho acá: poníamos cajas con mercadería y carne y partían hacia allí, para que tuvieran sustento. Después trabajaron. El que es médico comenzó a trabajar enseguida, el primer año venía a trabajar en una confitería acá de mozo, venía los viernes y se iba los lunes para poder subsistir. Pero encontró en Rosario unos siervos tan amorosos. Para los que estaban en La Plata fue más fácil porque yo tengo familia allí.
-Siendo un poco mayor, ¿pensó en irse de Salto?
-No, porque conocí a mi esposo a los 18 años y a los 20 me casé, ¡entonces qué me voy a mover! Ya estaba con mi compañero.
-¿Y cómo se conocieron?
-En un baile. A dos cuadras de la iglesia hay un club muy grande y antes se usaba mucho ir a los bailes, e íbamos todos: mi mamá, mi papá, mis suegros, todos. Todos en una mesa. Y en un baile lo conocí. Él estaba en la Marina, por el servicio militar. Lo conocí y después me iba a esperar, y yo decía: “ay no, por favor”, porque antiguamente teníamos mucho respeto por los padres, entonces yo decía por dentro mío: “si me llega a ver mi papá, me mata”. Además no era apostólico, y en ese entonces... Yo soy más “democrática”, mis yernos no son apostólicos, ninguno. Entonces pensaba: “¡Encima no va a la iglesia este muchacho, me van a matar!”. Después me animé y le dije. Él no me desaprobó nada, y me dijo: “Bueno, sería cuestión de probar”, y empezó a ir a los Oficios. Después fueron mis suegros, que fallecieron fieles, y al poquito tiempo recibió el ministerio de Subdiácono. Así comenzó.
-¿Qué fue lo que la cautivó de su esposo?
-¡Era muy buen mozo! Y sigue siendo muy buen mozo a pesar de sus más de 70.
-¿Cómo y cuándo decidieron casarse?
-Nos comprometimos al año, y a los dos años decidimos casarnos. Nos fuimos acomodando, encontramos dónde vivir, nuestros padres se pusieron de acuerdo. Mi suegra era muy amorosa y se ocupó de que todo estuviera lindo. Nos casamos en la “comunita”, fue el primer casamiento. Tengo algunas fotos que les voy a mostrar. Y se hizo una fiesta, porque había un patio atrás y nos fuimos todos para ahí. Después nos fuimos a Córdoba y cuando volvimos empezamos a transitar la vida.
-¿Cómo fueron esos primeros años de la familia cuando empezaron a llegar los hijos?
-Tampoco fue fácil. Nuestra hija mayor ahora va a cumplir 50 años, ella fue muy prematura, era muy chiquitita. Cabía en una caja de zapatos. El doctor la había envuelto en algodón y me dijo: “la vamos a tratar de mantener”. Todos los días iba al hospital para ver cuánto comía, cuántos gramos pesaba, y así la fuimos sacando adelante. Hoy es una mujer hermosa.
Vivíamos con nuestros suegros y después nos mudamos a la capilla cuando mis padres se fueron a La Plata. No fue fácil tampoco. Son cinco hijos y había que trabajar de lo que venía.
-¿Qué trabajos hizo don Horacio?
-De todo, de todo. ¡Pero de todo! Es un hombre que ha hecho tantos trabajos... por eso a veces hay que hacer cositas acá en casa y yo digo: “qué suerte que las sabe hacer”. Aprendió a subir al techo y arreglarlo, si hay que arreglar una luz, la arregla, si hay que conectar un televisor lo hace. Sabe de todo porque la vida se lo enseñó. Ya te digo, hacía trabajos muy duros y trabajos muy buenos. Después últimamente tuvo un trabajo bueno en una cooperativa y como tenía unos años aportados entonces se pudo jubilar pronto. Muchos se preguntaban cómo había hecho. Yo decía para mí que había sido el Señor. Después me pude jubilar yo. Yo tenía unos años de aporte, y acá estamos, los dos jubilados.
-¿Cómo conocieron la Iglesia sus padres?
-Eran tiempos difíciles. En el año 42 y 43, vivíamos en La Plata, porque mis abuelos, mis tíos, todos son de ahí. Y mi papá se fue a vivir a Lanús en casa de una prima que lo alojó, como pensionado, y empezó a estudiar corte y confección para sastre. Se fue mi papá y después mi mamá. Da la casualidad que esa prima tenía una casa muy grande y en la parte de adelante alquilaba el salón para la comunidad de Villa Atlántida (mi prima era apostólica). Lo invitó y empezó a ir, era el 1942, yo tenía más o menos un año y algo, hasta me acuerdo la calle donde vivíamos, cerquita de la capilla. Mi papá tenía un tallercito en la calle Chaco, de Lanús. Ahí comenzó con la Obra y empezó a ir a la comunidad de Villa Atlántida, como se usaba antes: en dos piezas, que las abrían y hacían la comuna. Era un trabajo intenso de los siervos. Yo me acuerdo cuando tenían que cruzar esa calle Pavón toda inundada, “a babucha”, porque tenían que dar el sermón. Por eso en Lanús hay tantas iglesias ahora, porque claro, fue muy hermoso cuando se inició, un trabajo muy arduo de los siervos.
-¿Se acuerda cosas de la comunidad? ¿Podía ayudar en algo?
-Sí, mi papá me llevaba al sermón de niños. Había unos siervos muy hermosos. Me acuerdo que mi mamá me hacía polleras y blusas blancas, porque siempre estábamos vestidos así.
-¿El sermón de niños qué era? ¿como una escuela dominical?
-Sí, era la escuela dominical, muy hermosa. Por el hecho de que ahí aprendimos mucho. Yo me acuerdo que después con mis hijos teníamos un librito especial, “La profesión de la Fe”, “Los mandamientos”, los tengo bien marcados, porque antes los aprendíamos mucho, no estábamos faltos. Antes nos enseñaban los diez mandamientos y están ahí marcados a fuego, muy compenetrados. Hace poquito tuvimos el credo que vino con unos pocos cambios, pero lo sabíamos desde antes y lo decíamos de memoria. Antes para confirmarnos todas esas cosas las teníamos que saber bien. Yo me confirmé acá, a mí me confirmó el Apóstol Glessman. Porque los Apóstoles venían todos a la iglesia y después venían a mi casa. Me acuerdo que la primera vez que vino un Apóstol a casa fue Toplisek. Era un alemán grandote, un hombre enorme y adonde vivíamos, que era la comunita, entre un cuarto y otro había unas puertitas bajas. Él fue a pasar y “pum” en la cabeza, antes del Servicio Divino. Cuando venían eran siete u ocho Evangelistas, Prelados, Primeros Pastores, Pastores, impresionante. Y cuando estaba el anuncio de que iba a venir el Apóstol acá eran tan pobres los hermanos, tan humildes, que los chiquitos algunos no tenían ni zapatillas, y mi mamá sabía confeccionar ropa (al tener a mi papá sastre) entonces les había hecho guardapolvos. O sea que los primeros dos bancos eran todos chiquitos vestidos con guardapolvos, porque otra cosa no se podía hacer para que el Apóstol tuviera una presentación hermosa.
-¿Cuáles fueron sus sensaciones cuando le dijeron que se iban a Salto?
-No me acuerdo de eso. Lo único que me acuerdo es que cuando llegamos era inhóspito, la estación era todo polvo de ladrillo, hasta en la comuna había. Bajamos del tren, llegamos un poco temprano, y mi papá sentía el silbato del tren desde la capilla, porque había que cruzar sólo unos terrenos. El tren había llegado antes y no sabíamos dónde ir: yo, mi mamá y mi hermano chiquito en brazos de mi mamá. Se acercó una persona y ella le preguntó. “Estoy esperando a mi esposo, pero ustedes no lo deben conocer porque hace poquito que vinimos a vivir acá”. “¿Y no conoce a nadie?”. “Sí”, dice mi mamá. Yo le nombro a unos hermanos, de esas cosas que se me ocurrían. “Ah sí, sí, ahora lo vamos a buscar”, le dijeron. Entonces (siempre mi mamá lo contaba y se reía) fue este señor y cuando llegó a la casa, dijo a ese hombre: “Allá en la estación de tren hay una señora con dos chicos que te están esperando”. La esposa se lo quería comer. Hasta que después aclararon que era la esposa del Pastor que había venido, y bueno, se solucionó.
Siempre me acuerdo de eso porque la esposa, fue muy buena con mi mamá, la ayudó muchísimo. Llegamos y nos recibió ese Diácono, que era amorosísimo.
-¿Cómo fue ir a vivir allí, en la comunidad misma?
-Los fines de semana venían siervos y hacíamos todo. Preparábamos las hostias para la Santa Cena, el altar, limpiábamos, todo. Nosotros aprendimos porque mi papá y mi mamá nos enseñaban. Mi mamá era muy cuidadosa con la limpieza para mantener esa casa, enorme, preparada para todos los fines de semana que venían los siervos. Tal es así que aprendió a cocinar. Me acuerdo que cuando vino el Apóstol Glessman, mi hermano era chico, tendría meses, y el Apóstol lo miró y le dijo a mi mamá: “¿Te parece que va a ser demasiada cruz esto?” y ella le dijo: “No, para nada”. Entonces él le dijo: “bueno, va a ser tu bastón de apoyo”. Y lo fue hasta que mi mamá se fue, hace ahora seis años. Tenía 90 años, y mi hermano ahora tiene 60. Nosotros siempre le decimos que nos vamos a “aferrar a sus pies” cuando nos vayamos, porque él va a subir y nosotros no sabemos. Es un ser muy especial.
-¿Cuáles eran las tareas que más le gustaba hacer en la comunidad?
-¡El coro! Tocar el armonio, que lo hago hasta ahora, y cantar. Yo vivo cantando. A veces lo aburro a mi marido. Voy a un centro de jubilados y tengo un coro de jubilados. Son todas señoras grandes y señores, todos de alrededor de 80 años, algunos de mi edad (porque yo no soy mucho más joven). Y cantamos, porque cantar es lo más hermoso. Nosotros tenemos un Pastor muy amoroso que tuvo problemas de salud muy graves, y entonces lo llevábamos a Carmen de Areco todos los domingos. Empezamos a ir como no queriendo, pero luego empezamos a conectarnos con los hermanos y con el coro, y ahora vamos todos los sábados y los domingos. Desde ya que ellos van a ayudar, porque los siervos son todos de lejos, y yo empecé con el coro. Me sentí muy bien porque son unos hermanos súper amorosos. Suena lindo. Los siervos están muy felices y yo me quedo, aunque me reniegan un poco acá en Salto (porque los miércoles estoy en Salto y los domingos en Carmen de Areco): “¿Y cuándo vas a venir, cuándo te vas a quedar? Te necesitamos”. -¡Ay pero estoy tan bien en Carmen!
-El actual Apóstol de Distrito venía a atender la comunidad aquí...
-Sí, me acuerdo porque él tiene una prédica tan hermosa que uno no puede olvidar partes del sermón que él daba. Tan preciosa, tan dulce, tiene un modo de ser tan especial. Y venía, cenaba con nosotros. Muy hermoso para tratarlo, siempre nos trató prácticamente como si fuese de la familia. Cuando va a Rosario entra a la sacristía y saluda a todos los siervos, pero a mi hijo Néstor (que mide 1.95 metros) lo abraza, le tiene un afecto especial, le pregunta por nosotros, y allá en Rosario le dicen: “¿Vos qué tenés con el Apóstol?”, lo cargan porque tiene ese modo especial con él. Y así pasa con todos. Susana, que es la más chica (hija) lo encontró en la iglesia Palermo, pasaron al altar a saludar y (aunque no le gusta porque ella no acostumbra, yo soy más “caradura” para decir las cosas), ella se acercó al Apóstol y le dijo: “Usted es parte de mi niñez”. Y él le dijo: “Manzelli”, porque son muy parecidos. Entonces nos mandó muchos saludos y muchos cariños. Hace poquito estuvo y pudimos compartir una cena muy hermosa, y le dije que en mayo cumpliríamos 50 años de casados y le pregunté si podría venir, me dijo que quizás. Cuando nos íbamos después del Oficio, saludamos, estaba al lado de nuestro Anciano y yo le digo: “mire que yo tomé su palabra”. “Sí, vengo”, me dijo, y ahora todos me cargan y me dicen: “¿Vos qué le dijiste?”, -Yo no le dije nada.
-¿Podía dar testimonio a sus vecinos? ¿Cómo era esa tarea?
-Sí, los vecinos de la capilla muchos no aceptaron. A mí me interesa que los hermanos puedan estar fieles, yo voy al coro y los saludo y les pregunto si están bien, si están contentos, si son felices, porque eso es lo más importante que podemos hacer. Lo hacemos siempre con alegría, quiero que todos estén felices, no hay que cansarse de orar porque en un momento dado Dios permite que estemos bien. A veces me tengo que cuidar porque no todos lo toman bien. Mi hermano también siempre está cerca de las almas dándoles una palabra de fuerza y aliento. El que lo comprende lo tiene como muy especial, porque es un alma muy especial.
-¿Cuáles son sus actividades hoy en día?
-Hoy todavía sigo tocando el armonio, algún día me van a decir: “¡basta, deje de aporrearlo!”. Los miércoles acá y los domingos en Carmen de Areco. O si no, dirijo el coro de Carmen de Areco. Tengo el coro de jubilados y todo lo que sea cantar me gusta.
-¿Recuerda alguna experiencia de fe para compartir?
-Experiencias de fe muchas. El Señor nos ha sacado de la “fosa de los leones” muchas veces, muchas. En sí una muy especial no tengo.
-¿Se acuerda de algún evento que hayan hecho en la comunidad o alguna anécdota graciosa para compartir?
-Es probable...ya voy a ir pensando. Cosas lindas siempre hubo. Hablando de mi hermano, que yo lo adoro, está siempre atrás de la cortina y a veces los Diáconos están ahí y el Pastor llama a un Diácono entonces el Pastor pregunta: “no sé si estará el Diácono tal”, y ahí se hace un silencio y mi hermano dice: “¡sí sí, está acá!”.
-¿Cuáles son sus himnos preferidos?
-Hoy estuve nombrando uno que me llega mucho y es: “Mi vida sin tu obra” (HR 22). Después, volviendo atrás, cuando mi mamá se venía a Buenos Aires -mi papá ya se había venido-, fuimos a casa de la familia Montefusco que eran vecinos nuestros. Vivían todos en la misma cuadra. Como mi mamá se venía hicieron una reunión para despedirla y le cantaron: “Dios cuidará de ti” (HR 94). Cuando ella falleció yo pedí cantar ese himno cuando despedíamos el féretro, porque Dios la había cuidado hasta ese momento, a pesar de todo. Ustedes se pueden hacer una idea de lo que era 60 años atrás un pueblito. Y cuando falleció tenía Alzheimer, no muy declarado, pero hacía cosas como cualquier viejito. Sin embargo iban los siervos a orar el Padre Nuestro, ella estaba conmigo, en un geriátrico, y lo rezaba perfecto. Del Padre Nuestro no se olvidaba y de ese himno tampoco, lo cantaba todo. El Alzheimer saca la memoria, pero ella eso lo tenía como bastión de apoyo.
-Y para sus Bodas de oro, si le regalan un canto ¿cuál elige?
Un amado Pastor que tengo me decía: “¿qué elegiste? ¿Cuál te gusta?”, y le dije: “No me apartes de tu gracia, hazme digno” (HR 82). Es una oración, ese himno quiero.
-¿Le queda algún sueño por cumplir dentro de la Iglesia?
-No, en este momento no. Porque lo que digo siempre es lo que pueda hacer dentro del coro, de enseñar himnos que les gusten. En Carmen de Areco hay un Pastor que tiene una voz hermosa y está a cargo del coro y a veces cuando vamos en el auto voy pensando en un himno y en qué lindo es y cuando llego le digo: “Querido Pastor pensé en un himno”, y me dice “A que es el mismo que yo pensé”. Tenemos una concordancia hermosa. Y el coro de acá lindo, ahora hay un Diácono y lo está llevando muy bien. Pero no, no tengo más aspiraciones. Yo pienso que, como dice otro de nuestros himnos, también para mí “ya todo está cumplido”.
-¿Qué significa la Iglesia y el amado Dios en su vida?
-Eso no es difícil. Fue mi vida. Yo me muevo a raíz de eso, vivo feliz cuando mi hijo me llama (porque el más chico es muy compinche conmigo y todos los domingos después del sermón cuando se desocupa me llama), y me dice: “¿Cómo estás, mamá? ¿Cómo está tu capilla? Hoy progresamos, hubo tantos...”. Yo vuelvo a vivir. “Qué lindo”, le digo. Y siempre le deseo lo mejor. Tuvo mucha suerte porque se casó con una hermanita que no era apostólica, pero la invitó a ir a la Iglesia y le gustó, es médica también y ahora dirige el coro de la comunita de ellos, es un amor de nuera. Mi nieta tiene 13 años, toca el violín para la Orquesta de la Iglesia y los otros nietos también colaboran. Quizás hay cosas que no las entienden, claro, a los 17, 16, 15 años, cuesta, al joven le debe costar mucho ordenar su vida a la vida de la Iglesia, porque antes era diferente, éramos, no sojuzgados pero sí muy obedientes, y ahora no es así. Yo tengo 12 nietos varones, hay dos en Rosario que son los mayores, ellos no van a la capilla, y siempre les ando atrás porque son los que más necesitan que ore por ellos. El más chico estudia para Chef y después viene la barra de los más chicos que viven en La Plata, hay 6 que viven allá y los padres son apostólicos. Pero debe costarles igual: mi hija, tres varones: 17, 15 y 11 años. “¿Fueron a la capilla?”. “Sí abuela, ya estamos activando”, me dicen, y todos tienen traje negro. Para mis bodas de oro ya les dije: “todos de traje negro” y ellos respondieron: “Sí sí sí, ya los tenemos”.
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“El canto sale del alma” - Entrevista al Pastor e.d. José Crea
¿Cuántos años tiene?
Yo tengo 86 años, pronto 87. Y vengo cantando desde los 16. Comencé a estudiar a los 7 y sigo estudiando, sigo investigando, pero no es una cuestión de docencia, sino de pasión. La mejor expresión que tiene el ser humano sobre la tierra para relajarse es el canto.
¿Cuándo conoció la Iglesia Nueva Apostólica? ¿Cómo comenzó su colaboración en el coro?
Yo tuve la dicha de conocer el apostolado al poco tiempo que llegué de Italia. Fue en la iglesia Lomas de Zamora (Buenos Aires). Era la época en que se ofrendaba en un sobre. Una vez puse una notita ofreciéndome para “el corito de Lomas de Zamora”. Eso fue un domingo; el miércoles estaba el Evangelista Nave, en Lomas. Yo le dije que no venía a dirigir el coro, sino a ayudar para que pudieran cantar mejor. Me agradeció, y después conocí a “Vicentito” [Vicente Graziano].
Comenzamos a trabajar de un lado a otro, a componer cantos. ¿Y dónde lo hacíamos? Cuando bajaba el Río de la Plata, en la playa de Punta Lara, eso era como si fuera un mármol. ¡Ahí fue que empezamos a marcar el pentagrama! Aparecía la idea de uno, de otro. Todo lo que hemos hecho en nuestro tiempo, no era improvisado. Vicentito es un buen músico, tiene una calidad especial en su componer, un gran sentimiento. Hay que conocerlo muy, muy bien para ver que es un niño de veras.
Yo he estado en el Noroeste argentino con el amado Apóstol Marton. De ahí a la zona de Entre Ríos. Se han formado coros en una zona donde había 53° C de calor...
Tenemos entendido que también colaboraba el Pastor Dasso
Sí, nunca he conocido un músico con la capacidad musical del Pastor Dasso. Fue un buen pianista, de tango, en su tiempo. Él también al conocer el apostolado se retira de la actividad artística. El que más ha hecho para esa linda composición y la armonía de nuestros cantos, es Dasso. Nosotros buscamos siempre la melodía, pero toda la adaptación de la composición de cada voz, ese era un trabajo especial de él.
Después cuando se forma el coro general en la iglesia central aparece Carlos De Bernardi, Alberto Mazza... un grupo muy lindo, cada uno aportaba lo suyo.
¿Qué hace falta para cantar?
Si no se tiene voz no se canta, por más que se pretenda hacer el estudio del canto lo primero es la voz, y después, cómo hacerla funcionar en cada uno. Ahora parece que son todos profesionales y comienzan a cantar, pero no saben cómo utilizar la voz. Entonces llega el momento que comienzan las disfunciones, la consecuencia de ciertas emisiones. Pasan los treinta años y entra en una etapa distinta, y todo esto no se toma en cuenta. Así se pierden muchas voces.
En la época de la “muda”, el niño no tiene que cantar. Cuando termina la muda, la voz del niño se torna una voz grave, porque pasa de la voz de niño a la voz del adulto. Tampoco puede comenzar a estudiar sino a partir de los 16 años, cuando ya metabólicamente todo su organismo responde, y surgen voces maravillosas que no se pierden nunca.
Entonces, ¿qué hacemos con los jóvenes? Es muy simple: enseñanza musical, esa es la edad. Porque si lo hacemos cantar no es que odiará la música, sino que la rechazará. En cambio esos estudios musicales que hoy están haciendo nuestros niños es muy importante, mucho más importante que preocuparse de la voz de ellos, porque todavía no está formada. Ellos mismos cuando tienen una buena base musical comienzan a despertar su entusiasmo. Así es la música.
Lo que nos falta, y no es difícil, yo creo que en poco tiempo, cuanto mucho seis meses, podríamos tener, es buenos maestros de técnica vocal. Porque si no enseñan cómo utilizar la voz, por más voz linda que se tenga, se cansa, provoca hiatos, provoca bozos nodulares, provoca hernia hiatal, úlcera de contacto. Hay un montón de factores para evitar eso, para que el hermano se sienta cómodo para cantar.
Para los niños, ¿los cantos se transportan?
Un canto para chicos está hecho para “sopraninos”. El niño, antes de la muda, es un niño con voz de mujer. De ahí la formación de coro, sopranino y contralto; no hay barítonos y bajos. Cuando viene el período de la muda, metabólicamente hay un vuelco de 180 grados. Aparece lo que llamamos vulgarmente “la edad del pavo”, porque quiere dar una nota arriba y se le corta, quiere agarrar una nota abajo y se le corta. No es pavo por tonto, sino que el pavo, en su estructura, no tiene una musculatura vocálica como otros animales que mantienen el sonido. Se le corta. En ese período el chico no tiene que cantar, tiene que aprender música. Lo principal, lo más fundamental, es la buena capacidad respiratoria.
Cuando usted conduce un auto, si quiere ir más rápido acelera: está ingresando mayor cantidad de combustible, aumenta la velocidad incrementando la combustión. Eso mismo pasa con el canto: si usted quiere darle más intensidad, más amplitud, tiene que regularlo con el aire. Y no con dureza ni haciendo mueca alguna. Es lo que se llama técnica de foniatría, para hablar, porque la voz cantada es la continuación de la voz hablada. Nosotros no hacemos pausa para respirar, vivimos tranquilamente y sin darnos cuenta respiramos, masticamos, hablamos. Para el canto hace falta un entrenamiento para lograr hacer eso, pero con una resistencia y una aptitud de sonido que no se le exige a la voz hablada. Pero es mucho mas fácil de lo que algunos se creen. Con el espirómetro, regulamos qué capacidad pulmonar tiene el individuo, qué resistencia. Y sin necesidad de ninguna fuerza lo va regulando como si fuera un acelerador, y le da más o le da menos cuando quiere cambiar la intensidad de su voz.
Pero eso es fácil, yo insisto: en seis meses, se puede tener hermanos capacitados. Sólo que se necesitan condiciones especiales, no es sólo cuestión de teoría, sino también de practica, de ejemplo. Con ejemplo se enseña. Entonces, ¿cómo lo hago? Como lo hago yo. Si a mí me resulta, vos tenés que aprenderlo, nada más. De otra manera pesa la imaginación y esto no es imaginación, es realidad, es vital. No podemos imaginar, porque podemos tener un grupo de mil voces, les vamos a hacer cantar una sola nota, un solo tono, a todos parejo, pero a mil voces es distinta. Es el brillo, el sonido, el colorido de la formación. Eso es composición. Componer es armar distintos colores, como lo hace la flor, como lo hace el pintor. Y el color de las voces en un grupo forma una armonía impresionante. Con la misma nota. Ahí uno dice, ¿cuál es la diferencia? Es lo formante del individuo. Si nosotros lo medimos en cada uno anatómicamente son distintos, y si queremos adaptar la resonancia tenemos que utilizar nuestro formante de sonido, pero no alterando los movimientos naturales. Utilizamos la respiración vital, y eso yo creo que es más fácil que la tabla de Pitágoras.
A veces se dice que “es más fácil cantar bien que cantar mal”
Cuando se canta mal, se está sufriendo, porque se está aplicando una emisión que no corresponde a las condiciones naturales. Hay que medir toda la cavidad de resonancia que tenemos a nivel glotis. Todo el mundo cree que se canta con la garganta... y cantamos con el cerebro. La garganta responde a la señal. Para eso necesita un buen oído musical, una memoria musical. Después, si no tiene conocimientos musicales, pero no desafina, conoce la altura y la sigue porque tiene la melodía en la cabeza.
Si por ejemplo alguien dice: yo quiero entrar al coro, pero no tengo oído, ¿eso puede ser así?
Bueno, se puede. El “no tengo oído” hay que analizarlo, hacer unos estudios, probarlo con ejercicios, tratando de ver si cuando “ataca” el oído interno le está respondiendo, es decir, si lo que le está dando el estímulo del sonido lo percibe. Si no tiene oído musical, no puede cantar, por más linda voz que tenga. Porque no sabe orientar el sonido que acaba de escuchar. Yo he tenido como alumno un cantante con una extensión vocal impresionante. Pero no es que desafinara, o se fuera de tono, sino porque estaba imaginando otra cosa, no lo que corresponde. Era un médico, y le decía “lo que te falta es esto, esto y esto”. Él decía: sí, yo lo sé, pero yo quiero aprender. Pero no tenía memoria musical, no estaba ordenada musicalmente su cabeza.
Puede haber varios caminos antes de decidir qué pasa con una voz. Primero probarlo con vocalizaciones, etc. Si todos esos saltos los mantiene en la memoria como uno por uno, dos por dos, cuatro por cuatro, llegamos a los conocimientos mayores. Si responde en este análisis, el resto tiene que aprender. El buen jugador de fútbol practica en los potreros, y ahí van, lo ven y según los movimientos que hace dicen: ahora te pongo a jugar acá. Hay que probarlo... La voz, para saber qué capacidad tiene necesita no menos de tres meses de estudio y de técnica vocales. Como para decir hasta ahí alcanza, hasta acá no podés hacer más nada. Es el estudio del registro, de la tesitura. Ahí se prueba el oído musical, hay mucho para hacer y son cosas sencillas.
¿Qué se necesita para hacer el pan? Harina, agua, levadura y sal. ¡Eso es el canto! Para todo el mundo, esté donde esté, pan, harina, levadura y sal: aire, instrumento y memoria musical. Porque la música no está en las academias, la música está en la memoria del hombre.
Yo no entiendo cómo permiten esos deportes en que se golpean la cabeza como si golpearan a un cascote, y anulan las posibilidades y la inteligencia del hombre, solamente por una competencia animalesca. Hay muchas cosas que no se tendrían que hacer para no molestar y dañar todo lo que es el mundo del hombre, la cabeza. Hoy los chicos, especialmente, al no tener las cosas de chicos porque la mamá está ocupada, el papá está ocupado, entonces en la casa no practican las artes, la música, la ciencia. Nos hemos acostumbrado inclusive a la “chatarra”, porque no es la comida que hacía mamá, la nona, el tío. Se pierde todo eso, se pierden las emociones y el estímulo de sentimientos. Cuando el chico canta, está cantando a su manera. Y si canta bien, en lugar de decir: “qué linda vocecita que tenés”, ¡póngalo a estudiar! Hoy nosotros necesitaríamos escuelas de técnica y ciencias musicales, hacerles conocer todos los instrumentos.
¿Usted empezó a cantar a los 16 años?
Profesionalmente, sí.
O sea que de más niño ya cantaba...
Desde el jardín yo era el abanderado, no por ser el mejor alumno, sino por ser el que tenía más linda voz. Iniciábamos el canto antes de la clase, y la batuta era yo. El maestro me decía: ¡ya, José! Y venían todos.
En todas partes, hasta inclusive en los refugios de guerra, se cantaba. Yo cantaba mientras afuera tiraban bombas... He estado cinco o seis años en Nápoles, una ciudad de canto. Y yo he cantado siempre, de chiquito. Cuando comencé a estudiar música, mamá me compró una mandolina, y con la gente mayor hacíamos serenatas. Yo tenía apenas trece años. Es decir, el canto para mí no es una vocación que apareció, nació conmigo. Yo canto siempre, no hay que esperar que me digan. Tenemos un canto que dice “Si estás contento, canta himnos, y si estás triste canta también”. Eso hace bien al alma de veras. No sólo a los apostólicos, a todo el mundo. Todo el que canta es un ser feliz, porque el canto no viene de la academia, sale del alma.
Cuando uno pretende hacer las cosas profesionalmente sí tiene que formarse, para no quedarse en el camino. Pero hay un montón de cosas muy elementales como para que el hombre sea feliz toda su vida.
¿Podría contarnos algo de su infancia, de su familia y su llegada a la Argentina?
Yo nací en Calabria, vine a la Argentina a los 24 años, en el año 1948. Me encontré con un mundo raro, no me hallaba... La verdad a mí me confirmó en esta tierra el apostolado. Yo extrañaba mis cosas allá. Cuando vine, continué los estudios. Mi hermano tenía su industria, mi padre tenía su industria, y yo puse mi industria, de petroquímica. Al mismo tiempo estaba revalidando mis estudios en la escuela de ópera del Teatro Colón. Llegué acá un martes y el jueves ya estaba trabajando.
He hecho mucho acá en esta tierra, pero lo que a mí me entusiasmaba era la familia y cuando conocí el apostolado con más razón todavía. Comencé a encontrarme con gente que pensaba como yo y que no, pero que estábamos en el mismo espíritu.
Nosotros somos una familia de artistas. Un primo hermano mío fue el primer concertino de Toscanini; yo, músico y cantante; mi hermano, escultor. Hay obras de mi hermano en el museo del Vaticano, lo que pasa que nosotros no hacemos publicidad de lo nuestro, lo conoce la familia. Hay obras de arte de mi hermano por todas partes. Era un gran cristiano. Porque nosotros fuimos una familia de católicos, todas las demás cosas no se conocían.
Yo ahora estoy atendiendo una casa de mi hermana, se murió ella, se murió el marido, se murió la hija. Y veía las cosas que hacía: estas flores [señala] no son naturales, son arte de mi hermana, ese volado, ahí arriba con un arpa, es arte de mi otra hermana, premiado siete veces. Ella era monja, y hacía exposiciones. Premiaron siempre a este cuadro por la prolijidad, ¡bordado a mano! Es decir, tenemos ciertas vocaciones por generaciones, que salen solas. Nosotros no hemos ido a aprender cosas porque nos gustaban, salen de nosotros. Y es de ahí de donde viene siempre el agrado y la ofrenda. Yo aun mis dolores de artrosis se los ofrendo al amado Dios, si no tendría que estar tirado. Pienso: “Mirá, a otro le duele todo y no se puede mover, vos todavía te movés, todavía te tienen que decir: quedate tranquilo, no estás un momento sentado”.
Esta es la credencial de cuando entré en el teatro Colón. Conservo una foto donde me hacen un homenaje, cuando yo me retiro: cuarenta y cuatro años de vida en el teatro Colón. (…) Me han venido a buscar muchísimos, para hacer esto, para hacer el otro, para dirigir acá, para dirigir allá. Aquí vienen a estudiar grandes profesionales. Pero yo no he nacido para dirigir y para hacerme público.
¿Actualmente sigue trabajando?
Sí, sí, trabajo acá, en mi estudio. Mientras viva... Hoy comemos, y estamos bien, pero si estamos vivos mañana tenemos que comer también. Mientras uno viva no puede decir: esto no lo voy a hacer más. Todo lo que estoy haciendo de vocación docente, otro no lo puede hacer, porque no tiene la experiencia y los conocimientos. Si necesitan algún consejo, se los doy. A la gente que quieran que aprenda y conozca, les doy no sólo el concepto sino cómo tienen que hacer, las indicaciones.
Me interesa cuando aparece una hermanita que por ejemplo tiene un problema de disfunciones vocales, por cansancio vocal... la ponemos en orden nuevamente ¿y quién lo sabe? Dios lo sabe. Entonces esa hermanita cuando va frente a Dios, está orando; no es que se olvidó, se acuerda. Y el amado Dios nos bendice, a ella y a mí. Ahora, si yo dejo de hacerlo, el amado Dios tiene derecho a reclamarme también. Yo no lo estoy haciendo para ganar dinero. Cuando viene un alma necesitada, todos reciben testimonio. Les digo: ustedes a la mañana cuando se encuentran con la familia, al primero que ven le dicen: “Hola pa’, buen día, ¿cómo te va?”. Pero ¿alguna vez se acordaron de decirle: buen día, Dios mío, gracias por haberme permitido llegar a este momento? Se sorprenden solamente cuando uno dice que a la mañana saludamos al amado Dios. Y tengo componentes de coros que por haberlo escuchado, lo hacen ahora ellos en la familia. Más de una vez me dicen: “¿Puedo ir? ¿dónde es?”. Es tal lugar, andá y decile: yo vengo de parte de fulano de tal. No es sembrar Biblia, no es sembrar religión, es sembrar una verdad...
¿Usted con el Pastor Franco tenía vinculación?
Sí, sí, hasta el punto que alguna vez hemos discutido alguna cosa sobre los armonios. Había un armonio que acá sonaba bien, allí sonaba mal; nos exigíamos mutuamente, y él también estuvo en coro conmigo.
Yo comencé en el distrito de Fattoni (Prelado) en Lomas; de Lomas pasé a Turdera, de ahí pasé a Longchamps, luego a Flores; de Flores pasé a Herman Hanni y de allí al noroeste argentino, durante los años del Apóstol Marton. Yo no iba a otra iglesia por ir, he hecho un trabajo en cada zona.
¿A la hermana Regina Leyes la conoció también?
Ha sido y es un ejemplo de hermana, en el coro, por su humildad, por condiciones, por capacidad, por sacrificio. Si tuviera que poner sobre ella cualidades, no por magnánimo, pero las tiene todas. Es una muy buena sierva de Dios, muy buena hija de Dios, y todo lo que hace, lo hace con vocación y sentimiento. Y esa vocecita usted tendría que haberla escuchado, en el año ’58, ’59. Una belleza. Esos son dones del cielo. Si usted no la ve, la escucha, y sabe que es ella. Porque la identifica su voz. Si alguien no la conoce y la escucha por primera vez, le puede llegar a dar treinta años, veinte, o cuarenta. Ella es hija de un gran Pastor.
La época en que comenzamos a trabajar juntos con esta hermanita y con Vicentito, era una época de mucho rigor. Los siervos iban a la casa y había un gran problema: ese gran problema no era la palabra suave, eran palabras fuertes, de disciplina espiritual.
Le cuento algo que me pasó. Yo tenía en ese entonces un Fiat Topolino, convertible. Un Fiat 500. Venía del teatro y pasaba a buscar al Pastor Picchi (padre del hoy Apóstol Picchi), en Avellaneda, para ir a Lomas y Monte Grande de testimonio. Teníamos que ir adonde hoy le llaman Villa Rita. Ahí la policía andaba de a caballo. Nos paran a nosotros que veníamos con el auto, bien vestidos: “¿De dónde vienen, quiénes son?”. Nos hacen bajar del auto, poner las manos sobre el capot. “Nosotros somos de la Iglesia Nueva Apostólica”. Luego se disculparon; pero mientras nos íbamos, el que mandaba en ese movimiento (quien estaba a cargo del operativo policial) dice: “a ver, a ver, quiero ver cómo se va a meter usted adentro, grandote”. Porque el Topolino era un auto chiquito y el Pastor Picchi era alto, teníamos que hacer una maniobra: él entraba primero, se agachaba y se apoyaba en el respaldo. “¡Esto sí que es un milagro de Dios!” –dice el vigilante.
Después hemos trabajado en lugares donde había matreros, Uribelarrea. En Lomas de Zamora, que fue siempre una iglesia de centro, de orientación, de apertura de comunas y de iglesias. Recuerdo un médico que conoció el apostolado en Uribelarrea. Dijo: yo ofrezco mi casa. Y hacíamos reuniones donde tenía el consultorio: atendía de día y cuando íbamos nosotros era la “capillita”. Ha habido una gran colaboración siempre. Pero no eran estos tiempos, eran tiempos de mucho rigor. No del rigor peyorativo, sino que la disciplina y la conducta del siervo eran más que exigidas, eran ordenadas, pero estábamos nosotros a las órdenes de la palabra, y viniera quien viniera. Eran todos empleados de Segba, de Obras Sanitarias, empleados municipales. En Villa Dominico, yo trabajaba hasta las ocho de la noche, y cuando venía, estaba el Pastor Salerno y éramos los dos únicos que veníamos siete y media, ocho de la noche, del trabajo, así que salíamos siempre juntos.
¿En que año entró al teatro, entonces?
Yo entro en el año ‘53, para revalidar los estudios de ópera en el teatro Colón. Después hubo un concurso; había una vacante para barítono y 33 postulantes. Me presento y la gano.
A mí la Obra me ayudó mucho especialmente en modelar mi carácter, nos cambia totalmente. Mire, yo de jovencito me he comido las hostias de la iglesia, que estaban en una cajita especial. Yo era monaguillo, ¡y tenía hambre! No tenía qué comer. Sabía que adentro había un tanto así de hostias. Cuando se enteraron me echaron. Mi madre quería que fuera sacerdote. Estuve 11 años y once meses en el seminario, y me echaron, porque yo no estaba de acuerdo.
También me echaban porque sacaba de un lugar donde había bizcochos caseros: es costumbre de los italianos, especialmente de los calabreses, hacer cosas y llevarlo de regalo a la “madonna”; yo iba y me lo comía. Tenía hambre.
Tuve también que dormir con la cabeza sobre cadáveres. Si me hacía ver y me movía, me mataban. Nosotros tuvimos en Italia, con la guerra, a los alemanes, a los ingleses, a los norteamericanos, a los congoleños, al régimen de Montgomery, todo pasó por Italia en la última guerra. En eso estaba yo metido, en Calabria, Reggio Calabria, de Laureana di Borello son 35 kilómetros.
Mi primer maestro de música fue Francesco Cherea, el gran músico autor de grandes óperas.
Mi padre de noche iba a la trinchera y tomaba a los soldados italianos heridos, los cargaba al hombro. Le salvó la vida a docenas de personas. Por eso tuvo una medalla al mérito.
Un hermano de mi padre se vino a la Argentina, era un gran fabricante de zapatos de estilo, era por la zona de Caballito. Ese hermano trajo a mi padre acá, y mi padre trae a otro hermano para que no lo atrape la guerra. Yo vine veinte años después de que vino mi padre. Cuando papá me vio, me dijo: ¿De qué puedo hablar con vos, qué te puedo decir? Yo no estuve allí, vos estuviste, vos la pasaste, vos renuncias a lo tuyo de allá para venir acá.
Llegué el martes y el jueves ya estaba trabajando en la fábrica de mi hermano. Me estaban dando tiempo para ver qué pensaba hacer. Nunca me han dicho: “esto te conviene hacerlo, esto no”, sino “buscá lo que querés hacer y contá con nosotros”. Después conocí el apostolado... yo antes de conocerlo me iba a llorar a la costanera... Tengo motivos para hablar de Dios, no anécdotas.
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Un canto a la fe - Entrevista a Vicente Graziano
En el himnario nuevoapostólico de la Iglesia regional Argentina, suele verse al pie de las obras el nombre de sus autores. La mayoría de nosotros sabe poco acerca de ellos. ¿Quiénes son? ¿Cuándo los compusieron? ¿Cómo se inspiraron?
Hoy compartimos una entrevista realizada a Vicente Graziano, compositor de más de 60 himnos que acompañaron y siguen acompañándonos en cada Servicio Divino.
“Siempre comento que cuando se utilizaba el himnario anterior al actual (que no tenía especificados los autores), yo me gozaba íntimamente, me sentía muy feliz, pero no decía nada, me parecía una pedantería decir: “éste lo compuse yo”. ¿Por qué digo esto? Porque cuando me siento inspirado y decidido a componer un himno, presiento que desde el momento mismo de su concepción, ya no me pertenece... Esa es mi convicción.
Cuando después se publicó el nuevo himnario y apareció mi nombre, muchos se asombraban, incluso en la misma comunidad donde concurro: “¿Pero cómo? ¡Nunca dijiste nada!”. Para mí estaba bien. Yo hubiera preferido quedar en el anonimato, y lo digo con el corazón, sin falsa modestia. Mi satisfacción íntima es cuando escucho que se entonan esos himnos”
• Muchos hermanos y hermanas en Argentina conocen su nombre por ser autor de muchos himnos en nuestra Iglesia, pero probablemente poco sepan de Ud., de modo que desearíamos presentarle brevemente. ¿De dónde es oriundo Ud.? ¿Cuándo y cómo conoció la fe nuevoapostólica?
Soy argentino, nacido en la provincia de Buenos Aires, en la localidad de Avellaneda. Actualmente resido en Mar del Plata, desde hace 15 años, pero me crié en el partido de Lanús. Conocí la Obra creo que a los 10 años; en mi familia éramos mis padres y mis tres hermanos. Yo soy el mayor. Resultó que un tío mío, el hermano de mi mamá, estaba de novio con una joven del barrio, que era nuevoapostólica. Entonces mi tío empezó a concurrir a la iglesia por su novia. Un día me dice: ¿querés venir? Y me llevó a la comunidad de Gerli 2. Ahí conocí la Obra, a los 10 años.
• ¿Cómo comenzó su relación con la música? ¿Qué instrumentos interpreta?
En mi casa, ese tío mío tocaba la guitarra y cantaba. Un hermano de él también. Y yo me fascinaba mirándolos y escuchándolos. Me encantaba. Un buen día llegó a mis manos una armónica. No sé ni cómo, porque nosotros no la podíamos comprar. Me pongo a tocarla y vi que me salía todo no sé cómo. Tendría 10 ó 12 años. Lo que me pedían que tocara, lo tocaba. Cómo, no sé. Los chicos del barrio me decían: ¿Por qué no nos enseñás cómo se toca la armónica? –Es que yo no sé enseñarte, porque nadie me enseñó. Y era verdad, porque la armónica común se toca por oído (no la cromática, que es otra cosa). Ahí yo me di cuenta de que una facilidad de oído, que es lo que me ayudó siempre.
Luego aprendí a tocar el armonio, y la guitarra pero para acompañarme. También el acordeón a piano. Siempre cuento que mi vocación por la música la llevo en el alma. Que si no hubiera conocido la Obra tal vez yo no estaría acá ahora, estaría, no sé, de gira por Europa. Es mi vocación, desde niño.
• ¿Trabajó con la música de manera profesional?
No, nunca. Y tiene relación con la pregunta anterior. Los siervos de mi comunidad veían que yo tenía cierta facilidad para la música y teníamos una maestra que venía “prestada” y tocaba el armonio. Pero en algún momento tenía que volver a su comunidad. Entonces el Pastor, siempre me acuerdo, me dice: “Vicente, ¿a vos no te gustaría aprender música? Porque acá la hermanita se tiene que ir a su comunidad en algún momento”. ¡Y yo qué iba a aprender música! ¡Quién estudiaba música en ese tiempo! Nadie. No había profesores “a mano” y si los había, no estaban al alcance, porque no era como ahora que hasta en la escuela se aprende música. Entonces me acordé de un tío, hermano de mi mamá, italiano como todos mis familiares, que tocaba la trompeta. Pero no podía vivir de la música. Entonces, a la sazón, era “zapatero-remendón”. Porque claro, en aquella época no había la facilidad de salida laboral para el músico. Tenía que ganarse la vida arreglando zapatos. Y de vez en cuando, cuando venía algún circo (eso me contaba él) lo llamaban y formaba el plantel tocando la trompeta.
Entonces estudié con él. ¿Pero cuándo? En las vacaciones de la escuela primaria a la secundaria. Ya tenía 12 años cumplidos y en los tres meses que me quedaban de tiempo. Lo hice con tanto entusiasmo. Y mientras él estaba con el trinchete y el martillo, me enseñaba a mí el solfeo. A leer música. Descubrí un mundo nuevo. Cuando me dijeron que la música se escribía, yo no lo podía creer. La música yo la escuchaba por la radio y nada más. Jamás había visto una partitura. Yo pensaba: “¿Cómo puede ser? Si mi tío toca la guitarra y canta, y nunca estudió música, y yo tocaba la armónica y nunca había estudiado música... No podía comprender a esa edad cómo la música se escribía.
Cuando fui a la iglesia, vi a la hermanita tocando el armonio, que miraba la partitura y para mí era chino lo que estaba escrito ahí. Yo decía: ¡cómo puede tocar mirando esos jeroglíficos! Se me iban los ojos por el entusiasmo. Fue el primer contacto que yo tuve con la música. Estaba apasionado.
• ¿Recuerda a alguna persona (que comparta o no nuestra fe), que haya influenciado especialmente en su gusto por la música?
Mi tío me enseñó solfeo. Él no era apostólico. Pero yo después debía aprender el teclado. Él me preguntó: ¿por qué querés aprender música? –Tío, para tocar en la iglesia. Pero él no sabía tocar porque no tenía piano ni nada. Le dije: “Yo después me encargo”. Entonces esa hermanita que era la armonista, me enseñó el teclado. Ahí yo completé mi instrucción musical. Que duró tres meses, nada más.
Iba al fondo de mi casa, debajo del olivo, y me ponía a solfear. ¿Y no había nadie que me mirara? Sí, las gallinas, los patos, el perro, el tero... ¿qué está haciendo este loco, agitando los brazos? (risas).
Pero mis padres me veían tan entusiasmado con la música que tenían miedo y querían que yo siguiera estudiando en la escuela secundaria. Entonces mi papá no quería que estudiara música. Por eso estudié esos tres meses, durante las vacaciones. Después seguí con los libros: libro de música que agarraba, libro que estudiaba. Nunca más me enseñó nadie. Aprendí con los libros todo lo que podía.
El teclado entonces me lo enseñó aquella hermanita, y todavía recuerdo los “coscorrones” que me daba porque yo miraba la partitura, la primera línea y después tocaba mirando el teclado, ya la había memorizado. “¡Mirá la música, mirá la música!”, me decía (ríe). Después de 60 años la vi a esta hermana en Mar del Plata. Había ido a visitarme y no lo podía creer.
• ¿Cuántos himnos ha compuesto Ud. para nuestra Iglesia?
Hace un tiempo hice una lista, juntando apuntes y memorizando. Son algo más de 60, incluyendo 7 himnos para niños, compuestos hace décadas.
• Hay himnos de su autoría muy conocidos para los hijos de Dios en esta área: “Si cada mañana”, “La más grande riqueza” y tantos otros. Durante una transmisión de un Servicio Divino del Apóstol Mayor desde Europa, muchos aquí nos sentimos conmovidos al escuchar la melodía de “Como si fuera el último Sermón”. ¿Qué sintió Ud.?
Estaba sentado en el último banco, en la comunidad de Mar del Plata N° 1, que es donde se reciben las transmisiones [satelitales]. No era la primera vez que lo escuchaba; incluso me habían obsequiado un CD editado en Europa donde está en cuatro versiones distintas: cantado por niños, cantado en francés e italiano y después con la orquesta. Bueno, pero fue conmovedor. Fue una emoción tan inmensa que agaché la cabeza y no podía contener las lágrimas. Un Diácono que me conocía y sabía, me palmeaba la espalda, como diciendo “¡reaccioná!”. Fue una emoción indescriptible, que no se puede contar. Un honor altísimo. Porque yo sabía que era un himno preferido del Apóstol Mayor Fehr. Me había enterado. Entonces después tuve el anhelo ferviente de escribirle una carta, cuando ya había entrado en descanso. ¡Y me contestó! ¿Imaginan lo que fue para mí recibir en mi hogar una carta suya? Donde hace mención a ese himno, me dice que se alegra por mí, que es su himno preferido y se alegraba de que ese himno fuera internacionalmente conocido.
• ¿Qué lo moviliza al momento de componer un himno? ¿Recuerda alguno en particular, cómo se ha inspirado en componerlo? Por ejemplo, ¿cómo fue la historia de este himno, “Como si fuera...”?
¿Quién no se ha sentido conmovido cuando nos anuncian que la venida del Señor es inminente? Y cuántas veces yo me siento en el banco, antes del Oficio y me conmuevo profundamente pensando que quizás ese sea “el último sermón”. Tal vez para todos... o quizás para mí. Entonces sentí “el duendecillo”, porque es así, que me dice al oído: qué hermoso sería componer un himno con este tema. Es así, porque así me pasa, se me ocurre un tema porque lo escuché en el Oficio, o porque un hermano lo dijo, o lo leí, un pasaje bíblico, en fin. Y después viene entonces el duendecillo que me dice al oído: qué lindo componer un himno con este tema.
Un día estaba de vacaciones en Mar del Plata, lo recuerdo bien, bien. Caminando por la playa, y empieza a brotar las notas. Yo siempre le pido al Padre: “Si tú me diste la idea, dame la inspiración divina, porque no quiero hacer nada humano; que venga de ti”. Siempre pienso que los himnos están compuestos en el cielo. Lo digo siempre así. Dios se lo revela a quien desea, tanto a mí como a otros hermanos muy inspirados, pero es así. Están compuestos en el cielo.
A mí se me ocurrió una idea, que fue inspiración divina, que de lo que yo sentía (porque si uno no lo siente ¿qué podemos transmitir?). Yo lo sentí así: quizás este pueda ser el último sermón. Y entonces uno se entrega con todo el corazón. Y ahí nació, en un verano de hace ya bastante tiempo.
Yo pasaba dos meses en Mar del Plata (viviendo en Buenos Aires) y tenía un pequeño armonio de cuatro octavas que me habían prestado en la iglesia (no existían los teclados) y era portátil. Entonces me lo llevaba. ¡Y salieron tantas cosas de ese “cajoncito mágico”!
• ¿Quisiera contarnos alguna anécdota que recuerde especialmente, en relación a los himnos que ha compuesto?
Habría muchas, pero hay una que me conmovió, porque es corta y muy significativa. Yo estuve en Mar del Plata hace unos 15 años en la comunidad N° 3. Cantaba en el coro en ese momento y cuando salimos a la vereda, siempre hay oportunidad de charlar, conversar, cambiar impresiones, saludarnos y darnos la mano. Por lo general uno siempre saluda a los mismos. Y a veces hay hermanos que uno los ve y no tiene la oportunidad de saludarlos. A lo mejor pasa un año. Nos conocemos de vista. En una oportunidad, ya estaba radicado en Mar del Plata, y era la época en que estaba el himnario anterior (donde no figuraban los autores). Entonces íbamos con mi esposa, en un atardecer de un hermoso domingo, caminando por la vereda de la costanera. En un momento dado nos sentamos. Y vemos a un hermano que empieza a venir caminando, al que yo nunca había tenido la oportunidad de saludar. De vista nos conocíamos. Él nos vio y se acercó a conversar con nosotros. No habíamos tenido siquiera la oportunidad de estrecharnos las manos, pero al vernos nos reconocimos.
Hicimos referencia al Oficio de la mañana (¿de qué otra cosa íbamos a hablar, no es cierto?). Y me dice: “¡Hoy salí tan conmovido de la iglesia! Como cada vez que escucho el himno “Qué lindo es ser apostólico”. No puedo decirle... ¡ese himno me llega tan al alma! Es mi himno preferido”. Y yo pensaba: ¿se lo digo o no se lo digo? Yo prefería callarme la boca. Me siguió hablando del himno, y yo pensaba dejar la cosa ahí, ya era suficiente la satisfacción enorme de que este hermano me dijera eso. Pero miren lo que me dice: “Sueño con llegar a conocer al autor de este himno. Y si me entero que está en Europa y llego a viajar, voy a revolver cielo y tierra para ir a darle un abrazo...”. Entonces [se emociona] le dije: “Querido, no va a tener necesidad de ir tan lejos. Porque está delante suyo”. Nos abrazamos, ¡e imagínense el momento!
Yo quiero andar la senda
Tengo una anécdota más, si me permiten, que queda “para la historia”. Yo tenía mucha relación con el amado Pastor Franco, éramos “almas gemelas”, a pesar de que él estaba en un lado, muy lejos. Pero habíamos compartido tantos momentos, relacionados con el coro y demás, que nació una afinidad muy grande. Nos veíamos muy poco pero cada vez que nos veíamos, en aquel tiempo los dirigentes teníamos plena autonomía para elegir los cantos, para hacer arreglos, no existía la “Coordinación musical”, cosa que después, con buen tino, se organizó.
Entonces cada vez que me veía me decía: “Vicentito, tengo que preparar un coro”, para una inauguración o para un Sellamiento, siempre alguna ocasión especial. No existían los coros de distrito.
Un día voy a visitarlo a su casa. Conversamos, estaba él y la esposa. Y me dice: Vicentito, tengo una inauguración, y necesito un himno para esa especial ocasión, en que va a estar a cargo el Apóstol Bianchi. Necesito que me traigas o que compongas un himno. Quisiera estrenar uno. Yo le digo: si me das el tema del himno, mejor. Entonces estábamos en esa cavilación y la esposa dice: “El Apóstol Bianchi siempre tiene una expresión que usa: No me detengáis”. Con el Apóstol Bianchi sentíamos una afinidad muy grande... Y entonces, como iba a estar él presidiendo ese Oficio, yo le digo a Ricardo (Franco):
–¿Qué te parece? ¿Te gustaría que haga un himno sobre ese tema?
–Si a vos te parece bien...
–Bueno, dame un poquito de tiempo.
–Pero mirá que la inauguración está próxima.
–Está bien, pero no me apures, ¡dame un poquito de tiempo! (risas) No sé, una semana, quince días, lo que sea. Orá y pedile a Dios que me inspire, si te agrada ese tema y lo vamos a alegrar al amado Apóstol, me parece muy bien tomar un tema sobre algo que él expresa.
Para abreviarlo un poquito, yo había ido con mi coche y para el trayecto desde la casa de él hasta mi casa más o menos tardaba 40 minutos. Yo iba manejando, por un camino un poquito despejado y tenía la imagen del amado Apóstol delante de mí. Empecé a sentir el “duendecito que me iba dictando cada letra, cada melodía, cada frase. Cuando llegué a mi casa, estaba compuesto el himno. Letra y música, tal cual ha sido, como se canta aún hoy (Yo quiero andar la senda). Dios es testigo, no lo diría jamás si no fuera tal cual. Nunca me había pasado antes ni nunca después.
Al llegar, me puse en “el cajoncito” (como yo le llamo) a armonizarlo. Cuando lo terminé, lo llamo por teléfono a Ricardo:
–Sí, hola, ¿llegaste bien?- me preguntó.
–Sí, sí. Ya tengo lo que me pediste.
–¿Cómo? ¿Qué te pedí?
–¿Pero vos no me pediste un himno con el tema “No me detengáis”?
–Sí... ¿y?
–¡Ya está!
–¿¿Cómo que ya está?? ¿Me estás haciendo una broma?
–No, ¿vos no lo querías rápido?
–Sí, ¡pero no tan rápido!
(risas)
–¿Querés escucharlo?, le digo. Entonces le digo a mi esposa que tuviera el auricular mientras yo lo tocaba y cantaba.
–¡No lo puedo creer!
–¡Yo tampoco!
Pero ahí estaba. Y así fue.
Tu dulce sonrisa
Yo tenía en mi dormitorio un cuadro con la foto del Apóstol Mayor Urwyler, que me habían obsequiado. Con su perenne sonrisa. Cada vez que veíamos la revista, en todas las fotografías él tenía una sonrisa. Y mi cuñado, el Obispo Juan Carlos Aloy (e.d.) cuando fue citado a Europa para recibir el ministerio de Obispo, al volver nos contaba que esa sonrisa que veíamos en la imagen impresa era la sonrisa de él. En todo momento. Esto me conmovió.
Cuántas veces yo mirando esa fotografía me sentí inspirado, o en momentos de pesar, momentos en que uno necesitaba y con sólo mirarlo encontraba paz y consuelo. Era muy especial. Entonces, miren lo que pasó. Habíamos venido de un Oficio un domingo y mientras mi esposa preparaba el almuerzo, yo estaba en la oficina de mi negocio, en el fondo de la casa. Y como en el Oficio había escuchado algo que me inspiró a escribir, aunque ahora no recuerdo bien qué fue, me fui enseguida a la oficina y cerré la puerta, para no olvidarme. Empecé a bosquejar el borrador de otro himno. A veces la primera línea que hoy se canta de un himno, quizás la compuse al final. En esto siento una “vocecita” que me dice: tenés que componer un himno con la sonrisa del Apóstol Mayor. Esto es así, tal cual lo cuento. No tenía nada que ver con lo que yo estaba escribiendo. De dónde salió, no sé, pero así fue. Seguí con lo que estaba haciendo y mi esposa me llama a almorzar. A la tarde habíamos quedado salir a pasear en coche con un matrimonio amigo. Ellos hablaban y hablaban... el paseo habrá durado tres horas. Cuando volví a casa estaba compuesto ese himno, Tu dulce sonrisa, tal cual se conoce.
Me sentí inspirado también, porque yo imaginaba que el Apóstol Mayor era el bendecidor del Apóstol de Distrito Bianchi, y cuántas veces mirando ese cuadra se habrá inspirado y habrá pedido confortación.
Después lo grabé y se lo envié en un cassette. Con una introducción (yo no sabía si alguna vez se iba a cantar o no ese himno): “En todos los hogares de los hijos de Dios tenemos la alegría de contar con la imagen impresa del Apóstol Mayor donde él luce siempre su perenne sonrisa. Eso me inspiró a componer este himno”.
• ¿Por qué cree que aquella fue una época en la que había mucha inspiración de este tipo (y hoy quizás no se vea tanto, o de la misma manera)? ¿A qué lo atribuye? ¿Qué condiciones son las que permitieron que esto fuera así?
Cuando yo entré en la Iglesia, se cantaba con un himnario evangélico (hoy ya una reliquia). Durante años. Recuerdo entonces que en una ocasión recibimos la visita del Ayudante Apóstol Mayor Schlapoff. Teníamos que preparar un coro especial, y disponíamos sólo de este himnario. Allí los himnos eran muy sencillos. Yo pensaba: vamos a tener un acontecimiento especial. Y me habían encomendado armar el coro. ¿Qué hacemos? Si no puedo conseguir otros himnos, voy a tratar de componer uno. Fue cuando se me despertó por primera vez, teniendo unos 17 años, el anhelo de componer himnos. Pensaba: ¿por qué tenemos que cantar otro himnos? ¿No podemos empezar a crear un himnario nuestro? De Europa en esa época no llegaba nada.
Así fue que empezó todo, a partir de eso que hoy es una antigüedad, de ese himnario inicial, que yo comencé a inspirarme. Y como vi que gustaban los himnos que yo hacía, seguí.
Entonces venia el Apóstol Schlapoff y teníamos que cantar un himno que tenga envergadura y yo me atreví a un himno que tuviera tres movimientos con el empleo de solistas que hasta ese momento no teníamos, por ejemplo José Crea, el hermano Varagnetti, la voz de otra hermanita, y yo tenía que aprovecharlo. Y ya que no tengo partituras en ninguna parte, las hago yo. Y compuse el primer himno: ¨Oh Salvador, gloria a tu nombre...” Primero solista, el coro, solista, y así... y después con el tiempo vi que se cambio a “Oh ven Señor...” Porque hasta ese momento no se había recibido el anuncio que el Señor venía en este tiempo. Ahí empecé a componer himnos de audaz que era. A mi me había obsequiado un disco con la obertura del Barbero de Sevilla; ahí me apasioné y empecé a conocer música clásica; iba a la casa de mi tío a escucharlo. Y esa obertura es apasionante. Yo la estudié, para ver cómo estaba hecha.
Pienso, que en aquel tiempo había total autonomía para componer.
Siempre estoy buscando un tema que resalte, por ejemplo “qué lindo es ser apostólico” es una expresión que el amado Obispo Bianchi tenía. Estábamos en la iglesia de Lomas de Zamora en el año 58 ó 60 y yo pensaba qué lindo componer un canto con esa expresión. No es un invento mío, es de él.
Yo trabajaba en la contaduría del ferrocarril roca, bajaba, tomaba el tren, ahí estaba la locomotora a vapor y de ahí me iba a mi casa o a la iglesia y me acuerdo bien que bajé al anden y en el momento que paso por la locomotora siento una voz que me dice así tal cual: “Oh qué lindo es ser apostólico, oh qué hermoso es ser hijo de Dios...” Y como era tan alegre, tenía que ser una “marchita”. En un Sellamiento viene el Apóstol Marton y el Obispo Bianchi ocuparía el segundo lugar; entonces lo habíamos aprendido con el coro y un día cuando el coro entra para ensayar se los canto, con una alegría inmensa. “Se lo vamos a cantar al Obispo en el Sellamiento.” Y así fue, cuando el Apóstol lo llamó a activar. ¡No podía hablar de la emoción!
Esto lo siento yo cada vez que voy caminando a la iglesia: “...Cuantos pasos das en un día?
A donde te llevan? A donde te guían?
Los das en la tierra en donde caminas
Los das en el mundo en donde terminas.
Pero hay un camino mas santo en tu vida
Que es al que a esta casa tus pasos te guían
Y cuando del banco al altar caminas
Hallar con Jesús comunión divina
Y cuando del banco al altar caminas
Hallar con Jesús comunión divina.
Son santos los pasos que hasta aquí te guían
Siguiendo a Jesús a la eterna vida.”
Y el último que compuse:
Oh cuánto alivio se siente en el alma
Oh cuánta gracia otra vez Dios me ha dado
Oír la palabra sagrada y santa:
Hoy tus pecados te son personados
Oh cuánto ansiaba llegar a esta casa
Y en el sublime momento anhelado
Oír la palabra sagrada y santa:
Hoy tus pecados te son perdonados
Y no hay riqueza, y no hay fortuna
Con que pagarla, no habrá ninguna
Vuelvo a mi hogar con la paz que me han dado
Oír las palabras: hoy tus pecados te son perdonados.
De mi condición de “maestrito” de coro también tengo anécdotas... En el año 1950 yo estaba haciendo el servicio militar y como siempre cuando venia una ocasión se preparaba al coro y era el único maestro más o menos capacitado que había. Llego un momento que me vi dirigiendo el coro de mi comunidad, el coro de un distrito y de otros distritos simultáneamente.
Por entonces estaba haciendo el servicio militar en City Bell. Es un poco antes de llegar a La Plata. Todos los fines de semana salíamos de franco menos los que quedaban de guardia. Yo estaba preparando el coro para la visita del Apóstol Schlapoff así que tres sábados podía estar en el coro. Hice el cálculo y ese sábado me tocaría franco. A las 17 horas sería el Oficio.
Era el mediodía, nos formaron a todos los soldados y el teniente coronel anuncia que nadie saldría de franco. “Ni aunque se les esté muriendo la madre.” Imaginen...
Me puse en un rincón y dije: “¡Dios mío, qué hago!” El teniente era muy severo; nadie se acercaba a él. Luchaba conmigo mismo. Y siento una voz que dice: “¿Por qué no decís la verdad?” Así hablé con mi sargento y me dio permiso para hablar con el teniente. Yo iba temblando. “¿Qué le pasa soldado?” – “Vengo a verlo por una situación muy particular.” Me escuchó, se puso a pensar y me dijo: “ ¿A qué hora es eso?” Ahí me vino “el alma al cuerpo” otra vez. “Bueno, le voy a dar permiso pero a tal hora tiene que estar acá”. Cuando salgo y lo cuento no lo podían creer. Estaba con el uniforme y el colectivo no venía... Yo pensaba ir a mi casa cambiarme e ir al Oficio, pero no hacía a tiempo. Así que llegué a la iglesia diez minutos antes. ¡Dirigí el coro con el uniforme ante el Apóstol Schlapoff! Toda una vida vivida con mucha intensidad...
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Entrevista: Evangelista de Distrito (e.d.) Mariano Cuello
En esta oportunidad, fue entrevistado otro de los tantos y queridos portadores de ministerio que hoy se encuentran en estado de merecido descanso, después de muchos años de actividad en la Obra de Dios. En este caso, se trata del Evangelista de Distrito Mariano Cuello (84 años).
¿Conoció la Obra de niño? ¿Puede brindar detalles de aquella comunidad a la que concurría?
Conocí la Obra junto a mi madre, a los 11 años, por intermedio de un amigo de la familia. Yo iba a la escuela primaria.
Antes mi madre concurría a otras congregaciones hasta que llegó este amigo y nos invitó, y a ella le gustó. Los siervos venían de visita a mi hogar a dar testimonio. Comenzamos a concurrir a la comunidad Villa Urquiza, un galpón al que denominaban ”la casa de los cactus”, con un camino de entrada y otros caminos que se bifurcaban.
Nos adoptamos, nos sellamos, todo en Villa Urquiza. Un día le digo a mi madre: ¡Me gustaría ser Subdiácono! Yo tenía 12 o 13 años… Ella en su amor se lo comentó al Pastor y éste le respondió que espere, que era muy jovencito, primero tenía que comenzar como hermano oficiante. Y así pasaron los años, empecé a colaborar como hermano oficiante, era el más joven de todos los siervos.
Un día miércoles, llegaba tarde a la iglesia. Venía de trabajar de una empresa en Barrancas de Belgrano. Estaba el Apóstol y había Santo Sellamiento. Se comenzó a nombrar hermanos para recibir ministerios. ¡Y me nombran a mí! Yo tenía puesto un sobretodo que me habían regalado (esa era una época difícil). Recibí el ministerio en sobretodo porque hacía mucho frío. El Pastor Maddalena nos presentó a mí y a otro hermano. Unas palabras que me quedaron grabadas en el corazón fueron: “Aquel que pone las manos en el arado no tiene que mirar para atrás”.
Luego recibí el ministerio de Subdiácono; estuve trabajando un tiempo en Villa Urquiza, luego me pasaron a Villa Modelo. Teníamos Oficio los miércoles y domingos por la tarde. En Villa Modelo había mucho trabajo. Eran unas pocas almas, 30 ó 40, pero luego esa comunidad creció. Llegaron a ser 100, era un local y tuvimos que habilitar el patio, colocar lonas para cubrirnos del frío, utilizábamos un hall como sacristía. Éramos tres hermanos oficiantes y un Pastor de nacionalidad italiana.
Se inauguró la iglesia en la calle Pedro Morán, una comunidad hermosa por la concurrencia. Luego me dejaron a cargo como Pastor dirigente. Allí estuve muchos años. Un Prelado descubrió mi “antigüedad” y me pasaron a Villa Pueyrredón. Luego me enviaron otra vez a Villa Urquiza como Pastor dirigente y presentaron otros Pastores, muy buenos colaboradores. Mi lugar de origen... estuve ahí un tiempito. Y me colocaron como Primer Pastor; una tarea ardua. Luego recibí el ministerio de Evangelista. Allí el Apóstol de Distrito Martón me dijo: “Te entrego un distrito”.
¿Cómo transcurrió su infancia? ¿Algún recuerdo destacado de esa época?
Mi infancia se puede decir que fue muy sufrida, por las situaciones hogareñas que se plantearon. Pero gracias a Dios se pudo seguir avanzando, ir a la escuela, ir a trabajar. Un momento en el que no se guardó rencor. Recuerdo claramente que en la escuela me elegían para decir “versos” en las fiestas patrias y cantaba en el coro. Hay cosas que se fueron “amasando” y Dios nos permitió vivir en estos momentos.
¿Cuándo y dónde conoció a su esposa ? ¿Ella era nuevoapostólica?
La conocí en la iglesia Villa Urquiza, ella concurría con sus padres… Me ha tenido mucha paciencia. ¡Cumplimos bodas de hierro!
Después de trabajar para la Obra, ahora estoy tratando de hacer las cosas que no hice antes. Hay que compensar lo que no se pudo hacer. Ella fue dirigente de coro, una fiel colaboradora. En el viaje, camino a inauguraciones de otras comunidades de la zona sur, uno aprovechaba para tener charlas y conversar. Se llama Eugenia Sánchez.
¿De qué manera expresó sus primeras ofrendas?
Veía ofrendar a los siervos pero yo no podía. Entonces un siervo me dijo que trabajara mucho invitando almas, dando testimonio… hasta que un día pude ofrendar como yo deseaba. ¡Me costaba juntar monedita por monedita! Conseguí mi primer trabajo por intermedio de mi Pastor. Una conocida de él me ofreció empleo en una empresa textil, los dueños sabían que yo era siervo. Y depositaron siempre toda su confianza en mí. Sabían que no me iba a quedar con billetes en mis bolsillos. Es algo que uno había aprendido. Y allí mismo fue donde me jubilé.
¿Hijos? ¿Nietos? ¿Bisnietos?
Dos hijas: Susana Alicia y Noemí Isabel. Concurren a las iglesias Suárez y Belgrano.
Noemí tiene 2 hijas, una está en el coro escuela, la otra canta en el coro de juventud y se está por recibir en sus estudios. Otro nieto varón más grande vive cerca de casa pero no concurre a la iglesia. Otra nieta, Yanina, que por cuestiones de estudio no puede concurrir. También tengo tres bisnietos, y una anécdota: una vez, a la hora de comer, con el apuro del día nos olvidábamos de unir las manos para agradecer a Dios y el pequeñito, como un gran ejemplo, dijo: “¿y la oración?”
¿Cuál es su comida preferida?
Ninguna en particular. Me gusta hacer asado, preparar un lindo fuego, despacito, poner un pedacito de carne, choricitos, unas mollejitas... Me gustan los fideos, pero no tengo debilidad por algo en especial. Lo que no me gusta es repetir la comida; si como carne al mediodía, no me gusta comer lo mismo a la noche.
¿Le gusta algún tipo de música o baile en particular?
Me gusta la música clásica, me encanta… Y el folklore. En casa somos todos “musiqueros”; hay piano, armonio, teclado. Me gustaba armar “coros”. En la iglesia central de Buenos Aires, nosotros los “jubilados”, hemos cantado en el coro de los hermanos en descanso. Disfrutamos tanto… fue una alegría inmensa, regresamos a casa como si estuviéramos volando. ¡Superó todas las alegrías! Con el Pastor Carlos Dasso que escribió muchos himnos hemos vivido hermosos encuentros. En esa época ya estábamos adelantados, avanzados…Empezamos a dar clases de música. Él enseñaba. Aunque conoció la Obra siendo adulto, era una época de trabajar para el amado Dios sin horario, sin mirar los tiempos. Y hermanos que tenían esos dones tan especiales, se entregaban a Dios.
Después de pasar a descanso, ¿cómo ocupó el tiempo que ahora quedaba más libre? ¿Qué pasatiempos tiene?
Al principio uno se resigna y no se resigna. Necesitamos “mano de obra”, herramientas. Se ora por ellas. Este período cuesta, no vamos a decir que no… ¡cuesta! Pero uno se va amoldando a las circunstancias. Hay que aceptarlo, uno ya tiene 84 años. A veces acompaño y ayudo a los hermanos para que las herramientas puedan cumplir con su trabajo. Al entrar en descanso, hace 18 años, seguí trabajando para la empresa textil; viajaba mucho. Eso me ayudó a llenar el espacio que había quedado, me entretenía. Después dejé de trabajar, me cansé de andar en auto y en casa me ocupo de hacer los mandados, hago trámites y me anoto para cuando me invitan los siervos a hacer alguna visita. De esa manera ocupo mi tiempo, y por sobre todo descanso. A veces miro fotos antiguas. En casa hago lo que puedo hacer, porque uno se va desgastando, hace lo que puede el cuerpo. Disfruto en familia, o de una fiesta, que antes no se podía, porque la cabeza y el corazón del siervo estaban siempre pensando en la comunidad.
Ha pasado por los ministerios de Subdiácono, Pastor dirigente, Primer Pastor y Evangelista de Distrito. ¿Qué es lo que más le gustó de cada uno de ellos?
Más a gusto es cuando el responsable es otro (risas). Pero esto no significa que no se asumía la responsabilidad y el respeto al envío que a uno le han dado. Por sobre todas las cosas, el cuidar y el respeto por el envío que Dios ha dado a través del encargo del Apóstol.
Para mí todos los ministerios fueron, digamos, deparadores de inmensa alegría. El ser Diácono, Pastor…¡uhhh! ¡Pastor dirigente! ¡Era tan importante para los hermanos la visita de un Pastor dirigente en el hogar! Se decía: pongamos una “alfombra roja”, que viene el Pastor dirigente. Era una fiesta. Antes era así la cosa; así cambian también hoy en día. Pero en todo uno trata de dejar una siembra que con el tiempo se pone de manifiesto. Yo no me puedo quejar de mis hermanos, ellos se acuerdan de uno. Esto da mucha alegría, los momentos vividos y cosas que hemos llevado adelante. Siempre con alegría; el ministerio no tiene que ser una carga. Dios brinda las fuerzas para llevar ese encargo.
¿Qué piensa cuando hace una mirada retrospectiva a su período de actividad ministerial?
Activó en distintas comunidades: Villa Modelo, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón; colaboró en Gualeguay y Gualeguaychú. ¿Puede describirlas brevemente? Por ejemplo, ¿de qué manera se cubrían las distancias para atenderlas?
Para ir a Gualeguay tomábamos el ferrocarril, hasta el río. Un viaje de 14 horas; ahora en 3 horas se llega. Ahí hemos vivido inmensas alegrías. 14 horas de ida y 14 de vuelta. Al día siguiente había que ir a trabajar. Relacionado con una vivencia nos quedó un refrán de un pequeño hermano: “Despedirse, no es irse”. Fue una vez que el Apóstol Martón había ido con nosotros. A la ida todo bien, comimos en el comedor, etc, etc. A la vuelta vimos que no conseguíamos boleto para regresar (¡por eso aquella frase!). ¡Y teníamos al Apóstol ahí! Hasta que nos pudimos ubicar en el vagón de encomiendas: había jaulas con gallinas, equipajes, íbamos parados o recostados. De repente el Apóstol se saca el abrigo, hace un bollo y lo transforma en una almohada. Se acuesta en el suelo y se pone el sombrero en la cara… Nosotros, los otros siervos, no sabíamos qué hacer, ¡con una cara de circunstancia! Pero él se puso a dormir nomás. Es una de las anécdotas de los viajes.
¿Tuvo en su actividad ministerial la posibilidad de trabajar junto a los jóvenes? ¿Qué destacaría de esa etapa de la vida?
Mmm…no. Yo iba a las reuniones de juventud pero mayormente ese trabajo lo hacían los Pastores de juventud. Tengo un hermoso recuerdo de la ultima reunión de juventud, donde me regalaron una canastita con un sobre y una notita de cada uno de los miembros. Todavía lo tengo en casa. La juventud es hermosa, tenemos que cuidarla, darle los medios para que crezca. Los siervos me cuidaron y me cuidaron bien, para que yo pudiera concretar ser siervo. Me dieron una escuela. Admiro tanta sabiduría para guiar en la Obra.
Las noticias de la situación social actual, ¿de qué forma le afectan?
Si lo enfocamos bíblicamente, nos dijeron que van a venir tiempos difíciles. Y sí, los tiempos están. El tiempo éste hace que se acredite, que se ore más, que se bajen los brazos o se siga adelante. Seguramente hubo almas que vivieron esto antes. Yo leo el diario porque me gusta estar informado, no me gusta encerrarme.
¿Qué piensa de las nuevas actividades que se han llevado a cabo en la INA en los últimos años? (por ej., el coro escuela, coro de juventud, jornadas para la mujer, etc.)
Hace poco un Pastor me hizo la misma pregunta. Lo que dice el Apóstol está todo muy bien. Todo lo que se pone en marcha, necesita ajuste, pero es todo para bien. La Obra es de Dios, nuestro Padre ilumina al Apóstol para la prosperidad. No soy quien para estar desconforme. ¡Y se avanza! Estoy contento, mi modesto encargo que Dios me ha dado no me da derecho para estar desconforme. (N. de la R.: en este sentir, el Evangelista de Distrito expresó una vez: “Ahora no soy menos porque nunca me sentí más...”)
¿Su mayor debilidad?
No sé… ¡Perfecto no soy, eh! Todos los domingos y miércoles despedía a las almas después del Oficio. Un día una hermanita me dice: “¡querido Pastor, usted sí que es perfecto!” – “Mire, hermanita, le respondí, la invito a que me vea un día entero ¡y ya no va a decir más esto!” Uno es humano, tiene sus faltas. Sólo mi esposa es la que conoce mis errores. Lógicamente, la imagen de siervo tiene que superar muchas cosas. Debilidades tengo. Quizás soy demasiado frontal. A veces me agarraba la cabeza por eso.
¿Su virtud o fortaleza?
¿Fortaleza? Gracias a Dios y lo que yo aprendí es que siempre he tenido ese espíritu de ánimo, de predisposición. Un siervo una vez me dijo, en una época difícil, un momento del país delicado: “Usted nos empuja, nos alienta, y vive lo mismo que nosotros”. “Es mi misión”, respondí. Yo no me podía dar el lujo de sentirme desmoralizado, Dios me enseñó que uno tiene que agregar fuerza al alma, fuerzas para salir adelante. El que está activando nos da la palabra para que tengamos valor. El día domingo se llega descansado a la iglesia, pero el miércoles… Uno se pelea con el jefe, con los hijos, con la señora. El miércoles “hay que poner toda la carne en el asador”. De manera tal que las almas se vayan contentas después de un encuentro con Dios.
Se dice de usted que es un hombre de un inmenso corazón. ¿A raíz de qué cree que surge este atributo?
Y será, como dice la Escritura: “...y te daré un corazón nuevo”. Yo nací con este corazón, aunque ya está un poco desgastado, no es el de antes (risas). No obstante hay cosas que a uno lo gratifican. Cuando uno ve que las cosas cambian y se modifican para prosperidad, el corazón se alegra, uno se siente alegre.
¿Alguna experiencia de fe que desee compartir?
Un siervo un día me cuenta en la sacristía, llorando, que su hijo había nacido, pero que estaba mal. No sabía qué era lo que iba a pasar. Hicimos la oración juntos, comenzamos a rogar. La cuestión es que luego pudimos bautizar a la criatura...